Apreciar nuestra vida

Apreciar nuestra vida.

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Ciertamente, no soy nada partidario, o más bien contrario, a dar consejos. Considero que el trabajo terapéutico consiste en acompañar, en estar Presente para el otro y en ayudarlo en su proceso personal de descubrimiento y sanación.

Sin embargo, esto no quiere decir que uno no pueda intervenir auto-manifestándose desde la congruencia personal y sin invadir al otro. De algún modo es como estar al lado de nuestro interlocutor con todo Nuestro Ser y con todo Su Ser. Un encuentro entre personas, desde el respeto y la aceptación mutua.

La imagen que publico hoy puede parecer un consejo, un convencionalismo new age e incluso un cliché materialista sobre cómo vivir la vida. Respeto cualquier voz que pueda sentirse ofendida o enrabiada ante la simple insinuación de que alguien le indique cómo vivir su propia existencia. Sin embargo, podemos, en mi humilde opinión, considerar esta misiva como una reflexión en voz alta sobre el valor de nuestra vida y del simple hecho de estar vivos.

En este sentido, a pesar de que vivir relajados y atentos es muy beneficioso para nuestra calidad de vida, también es muy cierto que hay momentos en los que nos cuesta poder apreciar su verdadero valor. Simplemente no estamos bien. Y es legítimo que sea así. Reconocer y aceptar (que no resignarse) el sitio donde nos encontramos es un primer paso hacia la salida de esa situación. Hay circunstancias en las que, por mucho que queramos relajarnos, la vida se hace cuesta arriba, y no basta con la voluntad para poder sobreponerse. Hay muchas situaciones, e incluso vidas enteras, muy duras y resulta difícil tomarnos un respiro para poder apreciarla, disfrutarla. En estos contextos muchas veces la tensión y el estrés nos abruman, y no podemos salir de esa espiral descendente en la que estamos inmersos. También puede ser que algunos golpes nos dejen K.O. y se nos hace complejo despegarnos del entramado de sufrimiento que nos inunda. Por eso me ha parecido adecuado adjuntar esta imagen como una reflexión sobre la importancia de asumir la responsabilidad de nuestras vidas y poder así dar un paso certero hacia un cambio de actitud ante la misma.

Pero, ¿cómo salir de ese círculo vicioso? ¿cómo podemos dejar de culpabilizarnos y de quejarnos si, con el corazón en la mano, no estamos bien y no podemos sonreír, respirar y simplemente apreciar la vida? Probablemente necesitemos un poco de espacio, de contención, de seguridad y de apoyo para poder tener una perspectiva diferente. Un espacio que nos permita despegarnos de esa emoción de malestar que nos aqueja.

Compartir nuestro sufrimiento, buscar ayuda terapéutica o relajarnos pueden ser un primer paso para cambiar nuestra óptica. El soporte que puede significar la aceptación incondicional, la empatía que proporciona el espacio terapéutico y la calidez de quienes nos acompañan en nuestro proceso, pueden llegar a ser el núcleo mismo desde el que se despliegue nuestra curación y nuestro bienestar. En realidad, lo que parece que necesitamos es conseguir ese “espacio”, ese espacio con mayúsculas que nos permita experimentar que somos más que lo que nos ocurre. Un lapso entre nuestro ser interior y las emociones que nos abruman y nos arrollan. Un espacio de aceptación incondicional en el que no nos encontremos en lucha con nuestras emociones, sino un sitio en el que podamos acogerlas y escucharlas, sin culpabilizarnos y sin juzgarnos. Un lugar en el que poder estar con nosotros mismos y acogernos… del mismo modo que una madre amorosa acoge a su bebé de un modo pleno y sin condiciones. Así, como nos sugiere Carl Rogers en su modelo terapéutico, podemos ir asimilando e interiorizando esta aceptación incondicional externa y hacerla nuestra, internalizándola.

¿Pero qué podemos hacer nosotros mismos por cultivar esa escucha profunda y aceptación incondicional desde nuestro interior? ¿Cómo podemos, además de nutrirnos de lo que nos llega desde fuera, generar un espacio acogedor desde nosotros y hacia nosotros mismos? La respuesta que me surge es: “Conociéndonos por dentro, descubriendo nuestro valor intrínseco y el carácter sagrado y único que representa nuestra vida (y, por ende, todas las vidas que nos rodean). Conectando y regando ese espacio primigenio, íntimo, fértil, inocente y creativo que reside dentro nuestro y que está exento de valoraciones, introyectos, prejuicios y condicionamientos sociales.” Un terreno propicio en el que pueda germinar y crecer la semilla de nuestra “tendencia actualizante” (una fuerza creativa de la vida que, de acuerdo con Carl Rogers, nos conduce a la expresión máxima de nuestro potencial humano). En otras palabras, y permítaseme la comparación, la expresión subjetiva y única de nuestra naturaleza búdica, de nuestra vida como una manifestación y un florecer de un espacio creativo y luminoso que lo abarca todo.

Esta especie de sintonía con nosotros mismos, esta congruencia que surge de nuestro interior y que nos permite desplegarnos en todo nuestro esplendor, sólo puede ser cultivada si primero miramos hacia adentro y descubrimos el carácter sagrado de ser “simplemente” lo que somos. Un camino en el que podemos descubrir que somos “más” que nuestras emociones, que somos más que nuestro cuerpo, que somos más que nuestros condicionamientos, que somos todo eso y eso a la vez. Una paradoja que nos permite contemplarnos como siendo lo que somos y descubrir que además de eso, somos conciencia, una conciencia que nos ilumina e ilumina todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Descubriendo que, además de lo formal y lo visible, tenemos una capacidad innata de estar “presentes”, pase lo que pase y dónde sea que estemos. Una habilidad de “reconocer” lo que nos pasa mientras nos pasa, una capacidad de Atención Plena que nos libera de los condicionamientos y nos deposita sutilmente en el único lugar posible: el Presente. Un momento fugaz, fresco, inaprensible. Un sitio en el que podemos Ser. Un espacio abierto y sostenedor que, desde la amabilidad y la aceptación propia, nos proporciona la ternura y la valentía necesarias para poder ser quienes somos y, en última instancia, reconocernos como algo valioso y sagrado en el entramado del universo y del tiempo.

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