Homenaje a San Juan de Dios

La hospitalidad como bandera.

“Quien conoce a Juan de Dios (…) experimenta que en su vida se produce una especie de Luz, que suscita en él la invitación a vivir la hospitalidad” *

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*Extraído de la Carta de Identidad de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios (Hermanos y Colaboradores unidos…, Op. Cit., Nos. 115-116)
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El poder de la persona – Comentario sobre la obra de Carl Rogers, parte II

Implicaciones sociales del paradigma rogeriano.                                                          El reconocimiento y validación de la subjetividad abren la puerta a una forma diferente de estar en el mundo. No se trata de un nuevo paradigma que no haya sido descubierto ya. Se refiere a algo tan sencillo como recuperar la cualidad humana de nuestra existencia.

En mi opinión, un aspecto interesante y fundamental que nos plantea Rogers en este libro es el hecho de que considera al ser humano como intrínsecamente digno de confianza y capaz de auto-dirigir su propia vida y desarrollo. En otras palabras, el individuo es concebido como un organismo capaz de comprenderse a sí mismo, con la habilidad suficiente como para evaluar su experiencia interna y externa, y con la capacidad para realizar las elecciones necesarias que le permitan dirigir su vida de manera constructiva y hacia la autorrealización. Es decir, este enfoque plantea una visión positiva en la que es el propio individuo quién debe tener las riendas de su vida en la medida que posee los recursos para ser crecer y ser feliz. Sin embargo, no es menos importante tener en cuenta que estos recursos sólo pueden surgir cuando el individuo se encuentra en un estado armonioso, equilibrado, en el que es capaz de conocerse a sí mismo, aceptarse y actuar de forma congruente con sus percepciones organísmicas. En concreto, esto sólo resulta posible cuando el individuo se permite ser y le permiten ser; es decir, cuando goza de un ambiente que lo acepta incondicionalmente, que se manifiesta de forma congruente y que está lo suficientemente abierto como para comprenderlo desde su marco de referencia. O, lo que es lo mismo, cuando el contexto le ofrece un amor no posesivo en el que se le proporcione un espacio para poder SER de manera libre. Considerado desde un ángulo socio-cultural, nos referimos a un ambiente en el que el control social deja de existir como tal, y en el que el poder pasa a estar completamente en manos del individuo, un sujeto que tiene la capacidad de juzgar por sí mismo y de tomar las decisiones más adecuadas para su realización. En definitiva, una postura ciertamente revolucionaria que deja el poder y el orden social en las relaciones interpersonales, sin el control de ningún tipo de estamento que pretenda acaparar el “saber” por encima de las percepciones individuales. Este tipo de enfoque implica un drástico cambio social en la medida en que la subjetividad es potenciada como base para el crecimiento tanto individual como social; en la que la autenticidad, la aceptación de uno mismo y del prójimo, y la capacidad de ponerse en el lugar del otro son el sustento de las relaciones. Un forma de vinculación que se articula sobre un orden social que afirma constantemente la individualidad. Es así que, a diferencia de cómo se pretende construir la sociedad actual, en la que el poder se genera en círculos reducidos y en los que el saber se impone de forma descendente, éste modelo alude a un poder social construido desde el plano individual sobre la base de la relación del individuo consigo mismo y con sus pares, sin imposiciones ni verdades impuestas desde estamentos superiores. Un poder surgido desde la base y que es validado constantemente en la medida en que no es ni rígido ni absoluto, sino que es otorgado y susceptible de ser modificado a cada momento y en cada circunstancia. Tal y como plantea Rogers en todos los ejemplos que proporciona en el libro, la repercusión de un planteamiento centrado en la persona conlleva necesariamente un cambio político de calado en la medida en que el poder establecido deja de ser tomado como el único referente social aceptable y pasa a residir en el individuo y en sus relaciones interpersonales.

Desde mi punto de vista, los planteamientos del enfoque centrado en la persona implican un cambio radical en la concepción del hombre y en su capacidad para retomar el control sobre sí mismo y sobre el mundo que habita. En cierto modo, supone una revolución social silenciosa y de gran magnitud en la medida que devuelve al individuo su capacidad legitima para gobernarse a sí mismo con independencia de presiones externas que pretendan controlarlo y someterlo. Sin embargo, no se promueve la individualidad ni el aislamiento, sino que se apuesta por un diálogo abierto, por una comunicación interpersonal auténtica y una convivencia armoniosa con nuestros pares. En definitiva, teniendo en cuenta la capacidad de control social que tiene el poder establecido tanto en forma de gobiernos, de multinacionales o de centros de poder, desde los que se inoculan corrientes de opinión interesadas en manipular al individuo, este modelo humanista proporciona una vía imprescindible para fomentar la toma de consciencia, la libertad y la independencia necesarias para recuperar el verdadero valor de la existencia humana y la dignidad del individuo. Este simple gesto de aceptarse a sí mismo, abrirse a las experiencias, ser congruente y empático hacia uno mismo y hacia los demás, puede significar un paso clave hacia la emancipación y la destrucción de unas cadenas que pretenden imponer un modelo de éxito predeterminado que ni siquiera se pregunta cuáles son las verdaderas necesidades de cada ser humano.

Copyright © 2018 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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El poder de la persona – Comentario sobre la obra de Carl Rogers, parte I

El poder de la persona

En este libro Carl Rogers expone las bases fundamentales de su teoría y nos acerca al modelo terapéutico centrado en la persona.

Hacia una fundamentación teórica.Una base política: la tendencia actualizante.

De acuerdo con este modelo humanista, la motivación básica del ser humano reside en lo que Rogers denomina: tendencia actualizante. Este constructo representa el hecho de que la vida se rige a través de un proceso activo que estimula a cualquier organismo a mantenerse, mejorarse y reproducirse. Es una tendencia que opera siempre y resulta ser la condición distintiva de la vida, tanto en lo que se refiere a la diferenciación de órganos y funciones, como al mejoramiento a través de la reproducción, y la dirección hacia una autorregulación y liberación del control de fuerzas externas. En otras palabras, todo organismo posee una propensión innata hacia su propio mejoramiento basado en la independencia del control externo y sostenido por el autocontrol individual. Es decir, el sustrato de toda motivación humana es la tendencia organísmica hacia la realización y el crecimiento. Conforme a lo que indica Rogers, el hecho de proporcionarle a un organismo las condiciones favorables para su desarrollo llevará aparejada una serie de comportamientos que tenderán a la actualización de sus potencialidades más complejas en una dirección que resultará constructiva para sí mismo. En otras palabras, podemos considerar que todo organismo humano posee una fuente central de energía que lo moviliza hacia la actualización y la autorrealización. Por otra parte, si la tendencia actualizante es el motor de la vida y las condiciones favorables son las condiciones para que está pueda expresarse sin restricciones, ¿qué es lo que permite que cada individuo decida hacia dónde trazar su rumbo vital? En este sentido, el propio organismo está dotado de un sistema regulador y de control que le proporcionará la información necesaria para poder dirigir su timón en la dirección adecuada. Es así que este sistema de guía conceptualizado bajo la noción de “valoración organísmica” tiene la función de evaluar las experiencias y orientar al individuo en la consecución de su autorrealización. Según el autor, cuando un individuo funciona sin barreras ni inhibiciones que le impidan experimentar totalmente cualquier cosa que estuviera presente organísmicamente, éste se desenvuelve como una persona integrada (como una unidad y, a la vez, como una totalidad) que tiene la capacidad de encontrar el camino que le conduce a la independencia y la emancipación. Es decir, el ser humano es concebido bajo una visión positiva, ya que cuenta con una tendencia actualizante innata que, tanto desde la esfera consciente como de la inconsciente, es capaz de guiarlo en su camino hacia la libertad, la felicidad y el desarrollo. Sin embargo, como lo demuestran las evidencias, el ser humano tiene serias dificultades para poder regirse por este sistema de valoración organísmica que opera como guía de su rumbo. Esto se debe, básicamente, a que el sujeto no está integrado plenamente en lo que se refiere a su cuerpo y su consciencia y, ésta última no está centrada en las señales que le proporciona el organismo (el cuerpo y los diferentes sistemas de percepción que lo componen), sino que sólo ilumina de forma restrictiva aquello que responde a la mente conceptual y al mundo de las ideas. Pero, ¿qué es lo que provoca este sesgo?, ¿qué es lo que impide que el individuo pueda dejarse guiar por esta tendencia o que pueda contactar con esta fuente de información propia tan fidedigna? La respuesta reside fundamentalmente en que durante la infancia el sujeto es un ser dependiente de sus cuidadores y la propia tendencia actualizante le impulsa a establecer un vínculo con sus padres que le permita ser cuidado y sobrevivir. Vale decir, el niño hace todo lo posible por ganarse el amor de sus padres para que estos le permitan crecer y realizarse. Esto no sería un problema si sus progenitores fueran seres humanos plenamente integrados, libres, congruentes y seguros afectiva y emocionalmente. Lamentablemente esto no suele ser así y el amor de los padres y de las personas significativas está siempre teñido de condicionalidad o, lo que es lo mismo, al no haber una aceptación incondicional y plena del niño, este se ve impelido a optar entre el amor de sus padres, que es lo que le permite sobrevivir, y su tendencia actualizante, que es lo que le permite lograr su plenitud siendo él mismo. En definitiva, el amor de los padres está condicionado y supeditado a que el niño introyecte ciertos constructos y valores como suyos, ya que de lo contrario no sería percibido como una persona valiosa o digna de amor y su supervivencia se pondría en cuestión. De modo que, todos aquellos sentimientos reales que no coinciden con los valores impuestos exteriormente son rechazados y se les impide el acceso a la consciencia. Estos constructos impuestos se convierten en rígidos y estáticos en la medida en que vienen de fuera y no están sujetos al proceso normal mediante el cual el niño evalúa su experiencia de manera fluida y cambiante. De manera que al pasar por alto su propio proceso experiencial, cuando éste entra en conflicto con sus constructes se desconecta de su funcionamiento orgánico y se disocia (derivan en una forma pervertida de canalizar parte de la tendencia actualizante en conductas culturalmente condicionadas que no actualizan). Es así que la persona queda disociada ya que conscientemente se comporta en función de sus introyectos pero inconscientemente es regida por la tendencia actualizante, lo que produce una escisión que bloquea el desarrollo hacia la actualización y la plenitud. Por el contrario, el individuo maduro confía y usa la sabiduría de su organismo con conocimiento, de manera que exista una congruencia fundamental entre sus aspectos conscientes e inconscientes. En concreto, en un individuo “sano” psicológicamente, la capacidad de la consciencia humana de simbolizar y dar significado es guiada por la tendencia a la autorrealización que existe en su interior tanto a nivel consciente como inconsciente. Y para que esto sea posible es necesario que el individuo cuente con un entorno que le proporcione las condiciones actitudinales que le permitan lograrlo.

De modo que, tal y como expone Rogers en el primer capítulo de este libro, es fundamental tener en cuenta en que consisten estas condiciones actitudinales que permitirán la autorrealización de forma que puedan ser facilitadas en todos los ámbitos de la existencia humana y en particular en el contexto terapéutico que nos ocupa. La primera de estas condiciones se refiere a la congruencia, genuincidad o autenticidad de las personas significativas y, en especial, del terapeuta. Se entiende que cuanto más el terapeuta es él mismo en la relación con el paciente, mayor será la probabilidad de que el cliente cambie y crezca de forma constructiva. Esto implica que el terapeuta está abierto a lo que está experimentando en la relación terapéutica y sus percepciones están disponibles a su consciencia, de forma que se hace transparente y el cliente puede ver con claridad lo que el terapeuta “es” en la relación. De esta manera se produce una congruencia entre lo que el terapeuta experimenta a nivel visceral y lo que está presente en su consciencia (contenido que puede ser expresado verbalmente si se considera apropiado). Es decir, cuanto más el terapeuta es “él mismo” en la relación con el cliente, siendo consciente de lo que le ocurre y pudiendo expresar sus sentimientos y actitudes (que no juicios ni opiniones), más ayuda al cliente a que se manifiesto también “tal cual es” y de ese modo fomenta su crecimiento. Esto resulta fundamental ya que esta actitud proporciona al cliente un gran ESPACIO desde dónde puede mostrarse de manera AUTÉNTICA, de la misma forma que lo hace el terapeuta. El mensaje implícito del terapeuta es: “Aquí estoy como soy”. Al no haber ningún intento de controlar la respuesta del cliente, éste percibe que se le está permitido ser tal cual es, lo que naturalmente estimulará la tendencia del cliente por ser y expresarse libre y auténticamente.

La segunda actitud necesaria para crear este clima favorable es la aceptación positiva incondicional. Esto quiere decir que el terapeuta acepta cualquier cosa que el cliente es a cada momento, validándolo, sin juicios de valor ni opiniones favorables o desfavorables. El terapeuta “acepta” al cliente sin identificarse con lo que expresa sino que lo hace de un modo incondicional y, fundamentalmente, no posesivo. Del mismo modo que un padre quiere a su hijo, este tipo de amor no implica que se compartan las opiniones, juicios o conductas del cliente, lo que se acepta es la totalidad del ser; lo que proporciona un refugio que implica un espacio cálido en el que el paciente se puede sentir querido tanto en lo que acepta de sí mismo como en lo que rechaza de sí mismo. Por lo tanto, se le permite al cliente ser el mismo en un entorno de amor que no queda supeditado a nada y que, por ende, no se ve alterado porque apunta a su ser y no a las formas que su ser puede adoptar. En este sentido, este posicionamiento resulta ser muy potente en cuanto no manipula ni presiona sino que simplemente sostiene y acepta; en definitiva, ama incondicionalmente, y eso permite que el propio cliente pueda aceptarse y amarse a sí mismo, también de manera incondicional.

Por último, la tercera condición actitudinal imprescindible para lograr las condiciones necesarias para el trabajo terapéutico es la compresión empática. Ésta se refiere a la voluntad y la habilidad de captar con precisión los sentimientos y significados personales que están siendo experimentados por el cliente y comunicárselo de manera que sepa que nos colocamos en su marco de referencia y desde allí contemplamos sus vivencias. De hecho, se entiende que en un momento dado el terapeuta puede llegar a estar tan sintonizado con el mundo íntimo del cliente que es capaz de promover la clarificación no sólo los significados conscientes sino también aquellos que están justo por debajo de ellos. A pesar de lo dicho, la actitud del psicólogo es no intrusiva, abierta y fluida; caracterizada por la resolución constante, instante a instante, de una actitud basada en focalizar la atención en el mundo interno del cliente y en la forma en que percibe lo que le ocurre. De hecho, ayuda al cliente a tener una comprensión más clara de sus emociones y de su conducta, con lo que se promueve un aumento del control del cliente sobre ellos. Sin embargo, es muy importante tener en cuenta que este tipo de “estar” frente al paciente debe ser cultivado por el terapeuta de un modo regular y a través de su trabajo personal y supervisión. La formación y la experiencia en este manera de “presencia” es la clave del trabajo. Y, sobre todas las cosas, la consideración de que el respecto, la humildad, la congruencia y la profesionalidad deben ser los pilares en los que asiente este trabajo.

En resumen, de acuerdo con Rogers, se entiende que la presencia de estas tres actitudes fundamentales del terapeuta fomenta el hecho de que se produzca en el cliente un proceso de cambio que se basa precisamente en este tipo de relación terapéutica. De forma que, en la medida que el cliente percibe la aceptación, valoración y estima del terapeuta, es capaz de abrirse a su experiencia interna plenamente y con una actitud idéntica a la del terapeuta. Esto aumenta la consciencia del cliente sobre sí mismo, fomenta su auto-aceptación e incrementa la capacidad de control sobre su propia vida (reduciendo el poder que puedan ejercer otros sobre él); lo que le permite ser más libre para desarrollarse tal cual es, con menos barreras defensivas y más abierto a su experiencia. En definitiva, recupera el poder sobre sí mismo y su capacidad para desarrollarse en libertad.

Copyright © 2018 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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Charla para el voluntariado del Hospital Clínic de Barcelona

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Acompañar con presencia compasiva.

El pasado 18 de julio la asociación Anitya, representada por Nicole Martínez-Melis y Esteban Galliera, realizó una charla sobre acompañamiento dirigida a los voluntarios del Hospital Clínic de Barcelona.

El tema tratado fue el “acompañar con presencia compasiva”, así como el desarrollo de las habilidades y cualidades para el voluntariado.

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Sanando desde la Presencia compasiva

Curso de Auto-curación

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Todos tenemos la posibilidad de ayudarnos a nosotros mismos a través del cultivo de la presencia. Aun cuando las circunstancias puedan ser dificultosas o tengamos un recorrido vital que nos ha dejado heridas profundas que nos parecen imposibles de curar (que nos impiden disfrutar de la vida), siempre habita en nosotros un espacio en el que reside la ternura suficiente para poder sanarnos. Este curso se centra en desarrollar el camino para conectar con ese espacio curativo a través de la meditación y del cultivo del amor.

 

Presencial y/o vía Skype

Copyright © 2018 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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Entrevista en el programa “con plena conciencia” Parte 2 – Presencia despierta y acompañamiento

Acompañando desde la presencia despierta.

Os dejo dos píldoras más, que continúan la serie de vídeos extraídos de la entrevista en el programa “con plena conciencia”.

Aquí conversamos sobre un aspecto que, desde mi punto de vista, resulta imprescindible para un buen trabajo terapéutico y fundamental para todo tipo de acompañamiento, ya sea personal, de voluntariado o profesional: “LA PRESENCIA DESPIERTA“.

 

 

 

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Entrevista en el programa “con plena conciencia” Parte 1

Acompañando en el sufrimiento.

El día 23 de abril, día de Sant Jordi, tuve el placer de compartir el espacio radiofónico que dirige y presenta Carles Ruiz-Feltrer, junto a sus colaboradoras Montse Falqués y Blanca Alagón: “con plena conciencia” en radio “construyendo relaciones”.

El tema que nos reunió fue: “Acompañando en el sufrimiento”, un título que representa mi trabajo psicoterapéutico y la labor sobre el acompañamiento que realizamos desde la asociación Anitya.

Os dejo la primera píldora de una serie de vídeos extraídos de la entrevista.

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Seminario: “Buda: médico del alma II”

El cultivo de la presencia 

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Un año más, desde Anitya hemos impartido una nueva edición del ciclo “Buda: médico del alma” para la Asociación Española de Secretariado Médico y Administrativos de la Salud (AESMAS ).

El seminario ha tenido lugar recientemente en el Hospital de l’Esperança de Barcelona, esta vez centrado en “El cultivo de la presencia”.

Docentes: Nicole Martínez-Melis y Esteban Galliera.

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Enfocar la mente y sentir el corazón

Sobre la importancia de la presencia para conectar con nuestra bondad fundamental:

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“Al enfocar la mente y sentir el corazón, aumentamos nuestra capacidad para conectar con la bondad. Así, dedicamos un momento a reunir los sentidos en nuestro corazón para sentir el significado de nuestra valía y eso hace que prenda la confianza, la chispa de la energía despierta.”

Sakyong Mipham

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Caricias

Reconocernos mutuamente.
Hay un misterio entre nuestras manos que muchas veces nos pasa desapercibido por no tomarnos el tiempo para contactar con él. El misterio de la vida, de la muerte, de la realidad de lo que nos rodea, del sueño, del amor… del sentido de la existencia. Penetrante, intangible, certero, delicado…

Tomarnos tiempo para sentirnos es un acto de amor. Dedicar nuestra atención a ser, a comunicar, a compartir, a escucharnos, a tocarnos, a contemplarnos, nos ayuda a abrir el corazón.

Nuestra capacidad de reconocernos mutuamente es uno de nuestros más preciosos tesoros.

Copyright © 2017 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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