Paciencia

Sembrando paciencia.

Una reflexión suscitada a razón de esta cita compartida por gentileza de dorjeduck:

Drop by drop – Buddha
Drop by drop is the water pot filled. Likewise, the wise man, gathering it little by little, fills himself with good.

elefantes paciencia

Muchas veces la necesidad de deshacernos de nuestro sufrimiento nos impele a que, sin siquiera darnos cuenta, afrontemos nuestra vida y nuestros procesos personales con un cierto sentido de intolerancia y negación en relación a lo que nos ocurre. Es ciertamente natural y legítimo anhelar dejar de sufrir y encontrar paz y sosiego en nuestro interior. Es precisamente esta motivación lo que nos permite iniciar nuestra búsqueda, y resulta primordial que aprovechemos este estímulo.

Sin embargo, es posible que este anhelo no se vea plasmado del todo en nuestro proceder. A veces es tan doloroso lo que nos pasa que tenemos la tentación de pasar de puntillas por nuestra existencia. Y esto, como muchos de nosotros ya hemos experimentado, no funciona. Nos guste o no, sólo abrazando aquello que sentimos con bondad y paciencia, es como realmente podemos intercambiar este dolor en serenidad y paz de espíritu.

La práctica de la meditación es un verdadero campo de entrenamiento para cultivar la  virtud de la paciencia. Una cualidad fundamental para transformar el rechazo hacia nuestras vivencias en tolerancia y acogimiento. En otras palabras, una actitud que nos ayuda a  sostener con entereza, sin juicios ni temor, todo aquello que se nos presenta en la vida.

Sentarnos en silencio, escucharnos sinceramente e intimar con nosotros son grandes recursos para aterrizar en el presente de nuestra experiencia. No podemos despegar sin haber, primero, tomado tierra.

Volver a casa,  al cuerpo, a nuestras emociones y familiarizarnos con nuestro ser, es abonar, poco a poco, la tierra del despertar de nuestra bondad fundamental. Paciencia. Paciencia con nosotros, con el prójimo, con la vida…

Todo lo que sembramos, tarde o temprano, dará su fruto.

 

 

 

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La alegría de la decepción.

Va a ser que no – o lo que otros llaman: Tener suerte !

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Muchas veces la necesidad de satisfacción sensorial enmascara el querer huir de un estado de inseguridad e inquietud que nos sobrepasa, que nos sobrecoge y desborda; que nos conecta con la suprema angustia del alma; con el terror de la amenaza de separación y soledad. Un espejismo que nubla el oasis de nuestra verdadera esencia.
Sin embargo, animarnos a encarnar la tristeza de la decepción, puede que nos permita tomar tierra, aterrizar en esa tristeza fundamental que nos pone en contacto con un sentimiento penetrante de fragilidad que nos acerca a la universalidad del sufrimiento.
Y si tenemos la suerte de no perder de vista la desnudez y humildad de sentirnos despojados de nuestra maltrecha exclusividad, podremos suavemente animarnos a mostrarnos tal cual somos… y desplegar la bondad que surge de permanecer en ese espacio incierto en el que se juntan la interconexión y la singularidad.

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Identidad – A la búsqueda de nuestra esencia

El yo. Un punto de encuentro: Rogers, Winnicott, Epstein y Nagarjuna.

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Es interesante observar como la cuestión de poder desplegar todo nuestro potencial parece ser una de las piedras angulares de la salud y la felicidad. Aquí juega un papel fundamental la identidad. Parece que resulta ser intrínsecamente inherente a la expresión el hecho de quién es el que se expresa. Y allí surge la gran pregunta: ¿Quién soy? ¿Qué voy a desplegar si no sé quién soy?

Este es un tema central en terapia.

Rogers diría, desde el humanismo, que la falta de aceptación incondicional de nuestros cuidadores combinada con nuestra necesidad de supervivencia basada en el cuidado y el afecto es aquello que impide que la tendencia natural a crecer de acuerdo a quienes somos se vea obstaculizada. Como si de niños estuviéramos en un callejón sin salida, tenemos que elegir entre ser nosotros o sobrevivir. Como las condiciones nunca son perfectas, de un modo u otro, siempre dejamos, en el mejor de los casos, una parte nuestra enterrada en las profundidades (no vaya a ser que no sea digna de ser amada y cuidada).

Winnicott, desde el psicoanálisis, lo estructura de otro modo pero con las mismas consecuencias: nos cerramos cediendo a exigencias paternas surgidas de la ansiedad de los padres. El niño posterga sus necesidades y se impone una coherencia que es ficticia. Lo que en realidad necesita es que su ego se descargue y, desde allí, aprender a regularse. Pero el retorno parental no es lo suficientemente fuerte para tolerar su derrumbamiento, no puede sostenerlo. Es así que esta “coherencia impuesta” genera lo que llamó un “falso yo”. Que es forma de autosuficiencia ante la falta de cuidados.

Epstein dice: “De niños, a todos se nos obligó a obedecer las exigencias egoístas de nuestros padres, que necesitaban que actuáramos de cierta manera para satisfacer sus necesidades. En esos momentos a todos se nos hizo sentir que no estaba bien ser quienes éramos y que más nos valía que compensáramos de otra manera. Nos esforzamos al máximo para dar a nuestros padres lo que necesitaban y nos adaptamos de una o ambas maneras: autoinflación o autonegación compensatorias. En ambos casos, evitamos sentir la falta de atención de nuestros seres queridos y en el proceso de satisfacerlos nos alejamos de nosotros mismos.”

Parece ser que el narcisismo tiene su origen aquí, en esta identificación con una imagen que no somos nosotros y que bascula entre la omnipotencia (anhelo de que nuestros deseos puedan ser cumplidos sin pedirlo – transición del principio del placer al de realidad) y fragilidad (el no valer nada). Sería terrible descubrir que hemos sido queridos como siendo alguien que en realidad no éramos nosotros.

Pues sí, el yo parece ser una gran fuente de sufrimiento y dificultad.

Basculamos entre eso que parece ser que “sentimos que no somos” y eso que “intuimos que somos” pero que permanece escondido. Una lucha sin cuartel dentro de nosotros mismos.

Quizás lo importante aquí sería poder  permanecer en ese estado en el que “somos” pero no nos identificamos con ninguno de los dos extremos. Sería como poder permanecer en el punto medio sin dejarnos llevar por la necesidad de aprehendernos a algo, ni a lo que parece que no somos ni a lo que parece que somos.

Nuestra percepción  de la realidad está condicionada por toda una serie de huellas que operan de un modo consciente e inconsciente. Entramos al mundo estructurando la realidad y explicándonosla de un modo que nos resulte soportable, abordable. Necesitamos de una cierta estructura que nos organice en medio de un mundo que, de otro modo, nos resultaría caótico. De hecho, nuestro proceso de conformación nos debería ayudar a construir una capacidad de agente que nos permitiera desenvolvernos en la vida de un modo sano y abierto, lo que llamamos un yo funcional. Sin embargo, como hemos visto, ese yo funcional, auténtico, congruente, no es tal. Es simplemente versión falsificada de lo que podríamos realmente ser. El problema radica en que nos basamos en una confusión fundamental, convertimos esa versión falsa en nuestra identidad, en nuestra verdadera esencia, la solidificamos y nos quedamos atrapados en ella. Una estructura que nos secuestra tanto consciente como inconscientemente.

Hasta aquí llegaríamos con la psicología actual. Creeríamos que una vez desvelada esa construcción ficticia podríamos llegar a otra construcción que, ésta sí, fuera realmente verdadera. Sin embargo, esto tampoco es así, cualquier construcción a la que queramos aferrarnos nos es más que una versión descafeinada de aquello que puede emerger de nosotros.  Sin darnos cuenta, se nos pasa por alto, dejamos atrás, el hecho de que nuestra verdadera esencia no es más que el momento presente. Se encuentra en ese hilo electrificado del que nos habla Trungpa Rinpoché.

Y decimos se encuentra porque la podemos ver, sentir, percibir. Vibra en nuestro interior y resuena con los demás. Pero no es “algo”, no hay una esencia concreta, simplemente “es”. Corremos y vemos la estela que dejamos detrás nuestro, sentimos el viento de cara que llega de más delante; esto nos da una cierta sensación de continuidad, de identidad: “soy el corre en esa dirección”. Pero esa sensación de solidez es simplemente una ilusión. Si nos paramos y observamos lo que ocurre, nos daremos cuenta de que la continuidad se basa fundamentalmente en el movimiento y que es la inercia de este movimiento lo que nos da la percepción de trayectoria. Una trayectoria que, a la vez, nos coarta la libertad de cambiar ese rumbo que, aún ilusorio, vamos recorriendo en nuestra vida. Nuestros hábitos, nuestra vida, nuestras creencias; en definitiva, nuestra idea del yo funciona así también. De modo que intentar aprehender algo que es escurridizo porque es netamente ilusorio no nos sirve, no tiene sentido.

Miramos atrás y luego adelante, y desde allí en el medio, objetivamos: este soy yo. Qué alivio! Al fin sé quién soy, sé a dónde voy, he descubierto mi destino y el sentido de mi vida. Pero un instante más delante esto ha cambiado, y me lo tengo que volver a preguntar. Y así podemos estar toda la vida. Y una vez que lo hemos probado unas cuantas veces y hemos descubierto que no funciona, esto ya nos resulta semi-ridículo. Pero seguimos adelante, no vaya a ser que no encontremos nada y que nuestra “trayectoria” sea un verdadero fiasco. Y…. si, por mucho que nos duela realmente lo es. Una suerte de carrera hacia ninguna parte. Una suerte de huida.

¿Huida de qué?  Seguramente de ese alambre electrificado que es vivir. Un intensidad que nos produce, como diría Rank, un intenso “miedo a la vida”. Por eso, en lugar de pararnos sobre ese hilo conductor de la vida e intentar vivirla desde el frescor del presente, conservamos los pies en donde nos sentimos seguros y al tocar el hilo del presente: nos electrocutamos. Pareciera fácil, las golondrinas se posan en ellos a cada momento, y no les pasa nada. Pero no es así. Estamos habituados a bascular entre dos polos: atropellar o retraernos. Epstein diría entre la autosuficiencia y el autodesprecio.

Afortunadamente hay otra manera. Una manera de poder parar y observar nuestra verdadera naturaleza, de reposar en ese espacio inaprehensible que nos señala Nagarjuna con la Vía del Medio. Y en esto la práctica de la meditación nos puede ayudar a aproximarnos a este espacio de incertidumbre, a ese momento en el que nos animamos a salir de la madriguera de nuestros hábitos, y respirar. Respirar el aire de la libertad que implica soltar el miedo y los aferramientos al pasado y al futuro.

Y por poco que nos animemos, descubriremos que esto de estar al aire libre es intenso, que, a veces llueve y truena, pero también brilla el sol y nos calienta. Pero, por encima de todo, no miramos la vida desde la cueva, escondiéndonos del mundo, contándonos historias sobre lo que pasa allí fuera.  Nunca es tarde para salir de ella.

Como ha expresado el maravilloso Dechen Rangdrol: The time has come!

 

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde

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Dándonos permiso para ser humanos.

Enraizando la sabiduría en nuestros errores.

Esta mañana he recibido este texto desde la Tricycle Community y me ha parecido realmente conmovedor. Recoge la esencia de la importancia de aproximarnos a la humanidad compartida y la compasión a través de la aceptación. La aceptación de que nuestros supuestos errores son, en realidad, la vía de entrada a la verdadera sabiduría.

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Softening Judgment

Falling down is what we humans do. If we can acknowledge that fact, judgment softens and we allow the world to be as it is, forgiving ourselves and others for our humanity. The Buddha’s First Noble Truth—that suffering exists—is, in itself, a permission to be human and not demand more of ourselves than we’re capable of. Our compassion arises from our very fallibility, and love takes root in the soils of human error.

Lin Jensen, “An Ear to the Ground”

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Salud mental y responsabilidad

Asumir la responsabilidad de nuestra salud mental.

Acabo de ver la entrevista “Empastillats” (“Empastillados”, en castellano) realizada por el programa Retrats de la TV3 catalana al psiquiatra, psicólogo, psicoanalista y neurólogo Jorge Tizón; y me ha parecido oportuno compartir unas reflexiones al respecto.

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En mi opinión, lo más  interesante del reportaje (al que podéis acceder en este link: Empastillats) es la visión holística e integradora de la salud mental que plantea el Dr. Tizón. Como se observa en su currículo académico y de trabajo de campo, es una persona formada en materias muy diversas en lo que respecta a este tema, y eso le permite tener una visión científica, clínica y empírica muy amplia. Aporta una visión rompedora acerca de lo que en el ámbito social e incluso médico implica lo que solemos considerar un “trastorno mental”. Coloca al predominante discurso biologicista en una posición en la que ya no es el factor causal principal de los malestares o trastornos mentales. Plantea una visión integral del ser humano y otorga a “la relación” un valor terapéutico y curativo fundamental. Propone un enfoque que aboga por abordar este problema social desde todos los ángulos a nuestro alcance: el contexto social, el entorno familiar, el ambiente, el cuerpo, etc. Todos estos factores ya no se presentan como hechos  aislados independientes, sino como partes integrales del bienestar psicológico. En este sentido, coloca a la “medicación” como una ayuda, un medio más para facilitar la cura. Pero, fundamentalmente, pone de relevancia lo que para mí es el factor curativo por excelencia: “la relación terapéutica”.

La relación de ayuda es un aspecto primordial en nuestras vidas. Tiene que ver con los cuidados primeros  en la vida, pero también con el haber encontrado personas (abuelos, maestros, amigos, mentores, etc.) que han podido significar un apoyo que nos permitiera centrarnos en nosotros mismos y crecer. En ocasiones estas ayudas no son suficientes y debemos recurrir a un profesional que nos acompañe a superar estas dificultades desde un conocimiento más profundo de estas problemáticas.

Pero lo que quiero destacar en este caso es el planteamiento que realiza Tizón en cuanto a que puede haber cierta instrumentalización de estos trastornos con el objeto de generar beneficios.  Provechos que no están en consonancia con el objetivo de “mejorar nuestra salud mental”. Parece ser que se ponen en juego ciertos intereses que están más relacionados con el mercado que con la salud.

Pero todo esto me hace preguntarme, más allá de la estigmatización de estos actores del sistema sanitario: ¿qué es lo que nos aboca a ello sin remedio? ¿qué es lo que nos hace participes de esta uniformización y de este mecanismo que parece ineludible?

Si es sabido, estudios científicos de por medio, que las terapias relacionales son más eficaces y duraderas que mucha de la medicación sintomática que consumimos; ¿por qué se reduce el gasto en los profesionales de la relación de ayuda y se prescriben cada vez más pastillas? ¿por qué se medica a unos niños inquietos, supuestamente “enfermos”, con psicofármacos que tendrán efectos nocivos y que los harán más vulnerables el resto de sus vidas?

El Dr. Tizón no responde a esta pregunta directamente, pero desliza una respuesta que se relaciona con nuestro estilo de vida y nuestra capacidad de adaptarnos y evolucionar. Quizás sea el momento de plantearnos: ¿por qué nos resulta tan difícil adaptarnos a  la llegada de un nuevo ser al seno familiar?, ¿por qué nos cuesta tanto comprometernos con nosotros mismos? o  ¿por qué preferimos tomar pastillas en lugar de adentrarnos en algunas heridas que todavía no hemos podido cerrar?

Tal vez, una de las respuestas podría estar por el lado de la incomodidad. Salir de nuestros hábitos, sacar la nariz más allá de nuestra zona de confort, puede ser fatigoso e incierto. Pero es lo que nos hace crecer y apreciar la vida.

Parece ser que si estamos dispuestos a empoderarnos y responsabilizarnos de nuestras vidas, ya no será necesario identificarnos con el papel de víctimas de un sistema de salud que nos conduce ineludiblemente al dosificador de pastillas. Reconocernos como agentes de nuestras vidas y preguntarnos si queremos realmente ser protagonistas de nuestra vida es lo que nos puede libera de este yugo de las soluciones rápidas y de la obligación de ser algo diferente de lo que somos. En definitiva, responsabilizarnos de nuestra propia “salud física y mental”.

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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Validar la experiencia ante el trauma y el abuso.

Comienza por creer a la persona que ha sufrido abusos.

Adjunto un breve vídeo de mi estimada Pam Rubin, que gratamente se ha prestado a compartirlo en este espacio. Se refiere a la importancia de validar la experiencia de las personas que buscan ayuda ante situaciones de abuso.

Como bien explica, tener una actitud receptiva, de escucha y de creer en lo que nos dicen es el primer paso para poder afrontar situaciones tan delicadas y dolorosas como el abuso y el trauma.

En general, estas personas se enfrentan a negaciones reiteradas de sus interlocutores, lo que las deja profundamente abandonadas ante sucesos que producen tanto sufrimiento. Estas formas de negación pueden tomar el aspecto de conspiraciones de silencio, de imputar responsabilidades a la víctima o de duda ante la situación. Muchas veces lo que ocurre es que el entorno no se siente capaz de abordar y sostener tanto dolor, de manera que le resulta difícil contactar con la situación. La negación funciona como una forma de evitación del dolor. Pero el trauma ha tenido lugar, de modo que al no validar la experiencia no hacemos más que incrementar el sufrimiento. Queremos ayudar a superar la situación “haciendo ver que no ha pasado nada” o evitando afrontar el hecho. Así sólo logramos retraumatizar a la persona que busca nuestra ayuda.

Estar abiertos a escuchar y acompañar es la verdadera puerta de entrada a un proceso auténtico de sanación.

http://www.lionsroar.com/confronting-abuse-start-believing/

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Nervio vago y compasión

Interesante vídeo sobre la relación entre el nervio vago y la actitud compasiva

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Terapia persona a persona

Terapia centrada en la persona.

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La terapia persona a persona tiene su origen en el trabajo y la investigación de Carl Rogers.

El encuadre de este enfoque terapéutico es humanista por excelencia, lo que se sostiene en una visión holística del ser humano, en el reconocimiento de sus capacidades innatas y en un profundo respeto por su singularidad y subjetividad.

Una característica muy distintiva de este modelo consiste en su “no-directividad”. ¿Qué significa esto? Fundamentalmente que es el paciente quién es el “amo” de sí mismo, que es el “único experto en él mismo” y, por eso, es el agente clave para descubrir y llegar a saber cuáles son las respuestas que viene a buscar a la consulta.

En el momento histórico en que surgió, en el que predominaban el conductismo y el psicoanálisis, Rogers – que comenzó a trabajar desde el enfoque dinámico – enfatizó su trabajo en promover esta capacidad de agente del individuo. Esto lo llevo a mutar desde el significante “paciente” al de “cliente” y, con el tiempo, transformarlo en algo tan profundo y explícito como el término “persona” (resaltando el papel central del individuo y sus cualidades de “ser humano como agente de su destino”).

Como ya he comentado en el artículo Psicología y Budismo I, una de las características del planteamiento de Rogers es el concepto de tendencia actualizante. Este constructe representa el hecho de que la vida se rige a través de un proceso activo que estimula a cualquier organismo a mantenerse, mejorarse y reproducirse. En otras palabras, a desarrollar lo mejor de sí. Es decir, considera que cada persona cuenta, “per se”, con una capacidad innata para desarrollarse y realizarse. Se entiende que esta tendencia opera siempre y resulta ser la condición distintiva de la vida, tanto a nivel orgánico y funcional, como en lo que se refiere la autorregulación y la emancipación. De manera que el objetivo central del trabajo terapéutico consiste en crear las condiciones favorables para que esta tendencia actualizante pueda desplegarse sin impedimentos. Dicho de otra manera, se trata de acompañar el proceso de desvelamiento y despliegue de nuestra naturaleza más íntima.  Podríamos expresarlo como un proceso por el que vamos aproximándonos a nuestra raíz más profunda, y así permitimos que aflore el conocimiento y la sabiduría intuitiva que ya está presente en nosotros.

La pregunta que surge de un modo espontáneo es: si está tendencia ya está presente en cada ser humano ¿cómo es que nos cuesta tanto sentirnos bien y realizarnos? La respuesta es que, lamentablemente, la hemos desplazado de nuestro foco de atención y, con el tiempo, ya nos resulta muy difícil contactar con ella. Pero no nos tenemos que sentir culpables por ello, no ha sido un capricho o una compulsión perversa desviarnos de nuestro camino. Lo hemos hecho para poder sobrevivir. Y esto se ha convertido en un hábito. Un hábito  que se ha ido consolidando en nuestra arquitectura cerebral.

¿Qué ha pasado entonces? Como todo ser vivo, nuestra necesidad prioritaria es la de sobrevivir, nuestra sabiduría ancestral nos impele prioritariamente a concentrar todas nuestras energías en mantenernos vivos. ¿Y cómo hacemos esto? De dos maneras, la primera es través de las respuestas orgánicas de satisfacción de nuestras necesidades vitales básicas; la segunda, como todo mamífero, a partir de nuestra relación con nuestros congéneres. Así el vínculo con nuestros cuidadores es clave para nuestra supervivencia. Nuestra vida emocional tiene su origen en esta necesidad de poder intercambiar nuestros estados de ánimo con los seres que nos rodean y poder orientarnos en relación a nuestro desarrollo. Comprender el mundo, aprender, desarrollar nuestras capacidades intelectuales, incluso recibir el cuidado de nuestros padres, están íntimamente relacionados con el hecho de relacionarnos. De hecho, hasta las capacidades más elevadas de autorrealización y de desarrollo de la conciencia tienen que ver con estas habilidades de relacionarnos (en este último caso, con nosotros mismos).

Pero volviendo al tema de la falta de contacto con nuestra tendencia actualizante; tenemos ineludiblemente que referirnos a que esta necesidad de obtener cuidados y su obtención, está imbricadamente conectada con el hecho de sentirnos “valiosos”, “ser dignos de ser amados” y, por lo tanto, de “ser cuidados”. De modo que para un niño es tremendamente importante sentirse mirado, amado y, en definitiva, atendido. Esto es lo que, en definitiva, permitirá consolidar la sensación de que seguir lo que nos dicta nuestro interior es algo realmente importante, valioso y digno.

Se supone que el entorno ideal de crecimiento del niño ya le proporciona estos cuidados, esta mirada amorosa de un modo incondicional, “simplemente por lo que es”, “por la persona que es”, sin condiciones ni miramientos. Lamentablemente esto no suele ser así por norma, y el niño va dirigiendo esta capacidad de comunicar afectivamente no ya por quien es, sino en el sentido de “ganarse” el afecto y el cuidado de los padres. Es cierto que no todo es admisible y que incluso el propio niño y, en especial, el adolescente, ya prefieren que exista un límite que haga emerger y desplegar su deseo. Pero lo que también es verdad es que más allá de tener que aprender a gestionarnos a nosotros mismos y a relacionarnos con los demás, todo “ser” es digno de ser considerado como “valioso”. O, lo que sería lo mismo, todo niño (y todo individuo) posee la dignidad que le confiere el hecho de ser una expresión de la vida y de la conciencia. Pero, como hemos dicho antes, el hecho de que nuestros padres no hayan sido tratados así en su niñez y que no tengan un contacto efectivo con esa cualidad digna presente en ellos, redunda en que no la puedan ver en nosotros. En definitiva, el niño ya no expresa su verdadero ser e inconscientemente se traiciona a sí mismo colocándose en el papel que sus padres consideran como “merecedor de su amor”. Se produce, en efecto, una desviación, la tendencia actualizante natural queda sin alimento, sin espacio ni agua para poder crecer. La vida ahora pasa a ser vivida desde aquel que es reconocido por “lo que hace” y “no por quien verdaderamente es”. Es así que este desfasaje, esta incongruencia (de la que muchas veces no tenemos conciencia) nos aboca a la tensión y al sufrimiento. Es así que acudimos por ayuda, por algo o alguien que nos ayude a desenmarañar el nudo en el que estamos metidos.

 

El papel del terapeuta.

En mi opinión el papel del terapeuta tiene que ver con la restauración en la persona de un apego seguro. ¿Qué significa en este caso un apego seguro? El hecho de poder reconocer y cultivar un lugar, un espacio interno de dignidad, valor, seguridad y confianza. Es decir, un lugar donde podemos descansar siendo nosotros mismos. Un espacio de congruencia y aceptación. Si, por lo que fuera, y como nos pasa a la mayoría, tenemos dificultades para acceder a ese espacio en nuestra vida, viviremos en un estado de tensión, de insatisfacción y ansiedad; producto de esta falta de alineación entre lo que sentimos y lo que hacemos.

Nuestra labor como terapeutas consiste pues en acompañar y “promover” este proceso de volver a “casa”, de contactar con ese ser que, por no ser escuchado, se ha quedado mudo y agazapado en nuestro interior. ¿Y cómo podemos hacer esto? De acuerdo con Rogers, aportando a la relación las cualidades que representan este contacto: congruencia, aceptación incondicional y empatía.

Desde mi punto de vista, resaltaría el hecho de que, más que aportar, es necesario encarnar, integrar y resonar con estas cualidades en nuestra propia vida. De algún modo, lo que propongo es que es necesario tener la intención y la decisión de encarnar esas cualidades para con nosotros mismos. Si el propio terapeuta se halla inmerso en este proceso personal será prácticamente imposible que pueda ofrecer estas cualidades al espacio terapéutico. Se trata de ser lo más congruente con uno mismo, aceptarse incondicionalmente y ser empático hacia nuestra persona para poder serlo con todos aquellos que nos rodean, en especial con nuestros pacientes.

En otras palabras, nuestra labor está relacionada con nuestra presencia. Una presencia que nos permite acogernos y acoger a los demás. El planteamiento es que nuestras actitudes de congruencia, aceptación incondicional y empatía permitirán que el cliente se relaje ante la mirada de otro significativo. Esta actitud de acogimiento sin juicios tenderá a relajar sus defensas; “ser quién uno es”, ya no será una amenaza para la supervivencia. El paciente podrá contar con el aprecio incondicional que sobreviene de su condición de persona. El hecho de que coincidamos o no con sus planteamientos, no resulta relevante, no lo estamos “aprobando”; lisa y llanamente, validamos su experiencia. De hecho, nos colocamos en su marco de referencia para poder comprender “su verdad”.

Poco a poco, los contenidos que fueron expulsados de la conciencia con el fin de apartar todo aquello por lo que se lo consideraba indigno de amor y cuidado, pueden comenzar a emerger y a ser reconocidos por el paciente. Es decir, el terapeuta aporta las condiciones “seguras” para que el paciente pueda ser “quien es” sin miedo a ser juzgado, recriminado o no validado. Se reeditan así las situaciones que dieron origen a esta “tensión” por tratar de ser quien no se es. La diferencia es que ahora el paciente se encuentra ante otro significativo que le aporta un espacio seguro, un contenedor en el que no hay nada que temer sobre sí mismo. Paulatinamente la persona, al sentirse aceptada incondicionalmente, va siendo capaz de generar ese aprecio de sí mismo en su interior. Dicho de otra manera, puede internalizar el apego seguro que le proporciona el terapeuta. Es decir, se produce un proceso de aceptación, de encuentro con uno mismo y, paradójicamente, esto puede dar lugar al inicio de un proceso de cambio. La paradoja del cambio se asienta en el hecho de que para que se produzca un cambio es necesario primero aceptar “lo que hay”, y recién después se produce el cambio. Un cambio que puede ser manifiesto y concreto, o simplemente un cambio de mirada sobre lo que no se era capaz de aceptar.

De modo que es crucial el hecho de que la persona pueda contactar y redescubrir este espacio de apego seguro dentro de sí, y para ello es fundamental que la presencia del terapeuta irradie estas cualidades. Y esto sólo es posible si se realiza en primera persona. El terapeuta ha de haber hecho un trabajo previo de descubrimiento y aceptación incondicional de sí mismo y, sólo así, podrá lograr mostrarse congruente y auténtico. En definitiva, el camino de reconocimiento de nuestra propi realidad es lo que nos permite aportar cierta luz para que los buscan nuestra ayuda encuentren su propio camino.

 

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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El imperativo de ser feliz

El imperativo de ser feliz.

Parece que hoy en día se nos impone la necesidad de ser felices, estar contentos y alegres, a pesar de que íntimamente nos podamos sentir de otro modo. Se está aceptando como verdadera una corriente de opinión que enuncia la posibilidad de poder “estar bien” todo el tiempo, más allá de nuestra real conexión con lo que verdaderamente sentimos. En contraposición a lo que se promulga, en la mayoría de ocasiones estos posicionamientos acaban no sólo no estimulando la pretendida felicidad que promueven, sino provocando una insatisfacción aún mayor. Muchas veces estos planteamientos nos llevan a sentir: “algo falla en mí…., además de no estar bien, por mucho que lo intente, no puedo llegar a sentirme bien.” La presión externa es tan fuerte que acabamos invalidando nuestra experiencia y terminamos concluyendo que hay algo que no funciona en nosotros. En lugar de acogernos, acabamos negándonos e impidiéndonos abrazar con ternura esa parte de nosotros que nos duele tanto y que pide a gritos ser escuchada.

El tema es: “¿Cómo podemos salir de allí?” Quizás comenzando por escucharnos, por tratarnos como nos gustaría que nos trataran e intentar contactar, acoger, penetrar y escuchar que nos dice ese dolor, esa imposibilidad de “ser felices”. Pero podemos ir un poco más allá, y además de cultivar esta actitud no evitativa y esta intención de aproximación a esto que nos resulta tan desagradable, también es posible apoyarnos en nuestra capacidad analítica e intentar ahondar en estos nuevos convencionalismos que proponen un estado de hedonismo perpetuo.

Aquí, para sumergirnos un poco en el tema y dilucidar si estamos considerando algo realmente verdadero y coherente, habría que, como mínimo, preguntarse dos cosas: primero, ¿qué interpretamos por ser felices?; y segundo, ¿tiene sentido pretender estar en un estado agradable todo el tiempo?

Respecto a lo primero, a simple vista parece que cuando hablamos de ser felices nos referimos a que todas las cosas salgan del modo en que deseamos, en que aquello que esperamos, que anhelamos, finalmente se cumpla, se materialice. Lo primero que nos viene a la mente sería quizás un “Ojalá!”… y, seguidamente, percibimos que eso, por mucha ilusión que nos haga, “va a ser que no”. Es duro reconocer esto, pero ya sabemos que no es posible. Esto nos puede hacer reflexionar: “Quizás hacer recaer nuestra felicidad en el cumplimiento de nuestras expectativas no sea algo muy inteligente.”

Hacer depender nuestra felicidad de que las cosas sean tal cual las deseamos, es algo que seguramente no le desearíamos a aquellas personas a las que realmente amamos. Apelando a nuestro sentido común y a la sabiduría que emana de la vida humana, quizás acompañaríamos a nuestros seres queridos a que procurasen ser felices con la vida que tienen,  apreciando quienes son y lo que la vida les proporciona; con la mira puesta en poder disfrutar de lo que hay y no obsesionarnos en lo que “no hay”. Sabemos, por propia experiencia, que  vivir en la queja y en la insatisfacción no nos hará más feliz.  Sin embargo, parece que a nosotros mismos no nos aplicamos estas premisas y vivimos corriendo y luchando contra la vida. Más que disfrutar del camino, de ser unos visionarios, de tener verdadera ilusión y entusiasmo  por vivir, lo que hacemos es darnos de bruces con aquello que nos falta, con aquello que no cuadra con lo que nos ocurre aquí y ahora.

Quizás la reflexión es que no debería haber ningún imperativo, que lo mejor que podemos hacer es cuidarnos, comprendernos y estimularnos a sacar lo más profundo y auténtico que hay en nosotros. Allí quizás, allá algo de eso que llaman “felicidad”. Tal vez paz, tranquilidad, ternura, sabiduría…., comunión, contacto…, humanidad compartida; un sitio, un hogar donde verdaderamente poder descansar.

En relación con la segunda pregunta que me hago: ¿qué pasa si logro sentir algo de esa felicidad y se me escapa todo el rato?, también creo que estamos buscando donde no es. Es como cuando nos dejamos encandilar por quien vende elixires de eterna juventud desde su carromato multicolor. Antes atravesaban las áridas tierras del desierto con sus  brebajes, hoy nos llegan a través de la TV o de la pantalla del ordenador con promesas de un paraíso eterno. ¿Pero estamos entendiendo bien lo que dicen? O sencillamente queremos creer lo que nos dicen. Tal vez nos resulta más sencillo que nos resuelvan el dilema desde fuera, que nos den la fórmula de la felicidad, y no tener que preguntarnos si lo que nos cuentan es convincente o no. Compre un gran coche y será más feliz. Retóquese la cara y se volverá más joven… conquistará hombres y mujeres por doquier. Todo el mundo lo admirará y se sentirá amado y respetado como nunca. ¿Alguien podría creer realmente que esto puede ser posible?

Pero, aunque todos tengamos la tentación de creer esto y de intentar colocar toda nuestra energía para lograrlo; profundamente sabemos que no es verdad. Ni nos sentiremos más amados y respetados por nuestras posesiones, ni tampoco podremos huir del sufrimiento y del final de la vida, que son ciertamente inevitables. Sin embargo, queremos garantías, garantías de que en algún momento, en algún lugar, lograremos un bienestar que no acabará nunca. Y esto no es así.

Cuando algo comienza ya sabemos que, tarde o temprano, acabará. Recuerdo una reflexión de un amigo que me conmovió. Cuando fue padre y vio por primera vez a su hijo; contaba la inmensa felicidad que le produjo ver esa nueva vida, contemplar que ese bebé que acababa de nacer era fruto del amor y se había convertido en su “gran amor”. El corazón lleno de amor, de entrega por este ser que irrumpía lleno de vida en su mundo. Daba la bienvenida a su hijo. Sin embargo, y esto fue lo que me conmocionó, sintió que esta dulzura que impregnaba su corazón no estaba exenta de cierta tristeza. La tristeza de saber que inevitablemente le tocaría sufrir. Él haría todo lo posible por protegerlo del dolor, pero en ese momento pudo constatar en su propia piel de padre, la paradoja de estar vivo.

Le otorgaba la posibilidad de ser feliz  y también sabía que sufriría también por estar vivo. La profundidad y paradoja de la vida. El corazón abierto de par en par. El contacto con una felicidad profunda y esa pizca de tristeza que aún le confiere más valor.

Parece ser entonces que la salida no pasa por querer ausentarnos de la vida, por querer retenerla y congelarla para evitar aquello que nos es desagradable. Quizás la idea es aceptar que todo cambia, que todo es impermanente. Y, según explican los grandes sabios (y que uno mismo, en contadas ocasiones, puede intuir y tocar), parece ser que tener un profundo sentimiento de que todo está sujeto al cambio es lo que, contrariamente a lo que se pensamos, nos aproxima a lo más sagrado de la vida. Más allá de una vida gris y desmotivada  que pensamos que puede traer esta percepción de la impermanencia, lo que nos aporta es la vitalidad de que cada momento es único, que no se volverá a repetir, que quizás sea una buena idea abrirse a ella y vivirla plenamente, con el respeto que merece esta frágil y luminosa existencia.

Parece que este contacto nos aproxima a la gran paradoja de la vida, a ese punto donde no hay explicaciones racionales, donde la pregunta queda abierta a una no respuesta. Nuestra tendencia será quizás intentar agarrarnos a una explicación, buscar salir del vértigo de no saber. Ese espacio donde la paradoja desarma nuestros conceptos y defensas, donde el infinito, la eternidad se concentran en un instante donde no hay tiempo, donde el espacio lo alberga todo. Un espacio que habita en la calidez innata de nuestro corazón. Vértigo, tal vez, ante esa soledad inherente ante lo que se presenta como inefable e inasible.

Pero quizás, y sólo quizás…. podemos arriesgarnos a contactar con esa soledad, atrevernos a dejarnos acunar por ella. Y descansar. Contemplando, enraizándonos en la profundidad de saber que todo lo que empieza termina. Tal vez esta inmersión sincera en el lago de nuestra eternidad nos dé la valentía para abrirnos. Abrirnos a nosotros mismos y permanecer allí donde resuena el silencio. Tal vez, y repito, sólo tal vez, sin pretender nada y de un modo inesperado, podamos darnos cuenta de que no estamos solos. Que ese sentimiento es compartido, que allí, en ese espacio, puede haber un punto de encuentro, un encuentro verdadero entre tú y yo. Allí, en ese punto,  donde la impermanencia y la soledad se convierten en la puerta de acceso a la calidez, el amor y la humanidad compartida.

Os adjunto una interesante entrevista con el filósofo francés Roger-Pol Droit  que fue la me inspiró esta reflexión.

Roger-Pol Droit

Un abrazo a tod@s

Esteban Galliera

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Mental Illness as Rebellion Against Society ?

How our society breeds anxiety, depression and dysfunction

Se nos hace imprescindible recuperar la humanidad. Discernir entre lo que nos hace realmente felices y aquello que nos “venden” como el paraíso. Una palabra, un abrazo, dar o recibir ayuda, contemplar un amanecer, acompañar a un amigo, a un desconocido, hablar con tus hijos, respirar …… pueden hacerte sentir más pleno que correr hacia ninguna parte….

Recuerda aquello que llena tu corazón y sigue tu inspiración.

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