Grupos de Encuentro de Mindfulness Somático.

La práctica del Mindfulness somático se centra en desarrollar la Conciencia Plena a través del cuerpo.

El entrenamiento en Mindfulness se suele reducir al cultivo de la Atención Plena a través de la mente; sin embargo, la inclusión del cuerpo la hace aun más poderosa y beneficiosa para su aplicación cotidiana y clínica.

Hoy en día contamos con pruebas científicas inequívocas acerca de los beneficios que produce en la salud física y mental. La reducción del estrés, el tratamiento de la ansiedad, el aumento de la capacidad de disfrutar de la vida, la mejora del sistema inmunológico, el tratamiento del dolor crónico y la prevención en recaídas en pacientes con depresión, son algunos de ellos.

A nivel terapéutico también resulta una práctica básica para el entrenamiento de terapeutas, ya que promueve la “Presencia consciente” en el entorno clínico, y resulta particularmente importante para quienes apliquen técnicas que utilizan la Atención plena como herramienta terapéutica (terapia Sensoriomotor, Brainspotting, Focusing, Aceptación y compromiso, DBT, etc.).

Podéis participar tanto de los grupos de encuentro como realizar sesiones individuales (presenciales o a través de Skype) para quienes quieran profundizar en su desarrollo personal a través de esta práctica.

Para más información podéis contactar al + 34 633 711 300 o egalliera@yahoo.es con Esteban Galliera, Psicólogo humanista, experto en Mindfulness clínico y psicología del Despertar.

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La cualidad orgánica de la compasión

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Una acción sin compasión es como plantar un árbol muerto, éste nunca crecerá.
Sin embargo, cualquier acción que sea hecha con compasión (es decir, que contenga la intención de aliviar a todos los seres de su sufrimiento), es como plantar un árbol vivo. Éste crecerá interminablemente y nunca morirá.
Incluso si el árbol llegara a morir, siempre dejará como legado sus semillas, las cuales crecerán también como otros árboles. Del mismo modo, la cualidad orgánica de la compasión hace que ésta crezca más y más.

Chögyam Trungpa Rinpoché.

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Anitya (Transitoriedad) y Transformación

transformacionNuestra vida es una constante transformación. Desde el momento en que somos concebidos hasta el tránsito de la muerte, estamos cambiando a cada instante y en cada situación. Sucede que en la mayor parte de nuestra vida cotidiana solemos estar ajenos a este cambio, que se va dando poco a poco, y nos pasa desapercibido sin darnos cuenta de que todo se está moviendo. Tenemos la ilusión y la esperanza de que todo quede igual, de que todo es previsible y que, debido a ello, tenemos todo bajo control. Sin embargo, no hace falta más que miremos un poco a nuestra propia vida para darnos cuenta de que eso no es así. Repentinamente, cuando parece que nada se altera, surge una evidencia clara de que nada estaba tal cual como lo imaginábamos, y que todo estaba cambiando a pesar nuestro. Muchas veces creemos que esto ocurre porque nuestra situación es de cierta comodidad y bienestar, pero por poco que miremos a fondo, nos damos cuenta que también nos sucede en situaciones vitales agobiantes con las que, en cierto modo, nos hemos acostumbrado a convivir.

Cuando maduran estos procesos de cambio, de los que no somos conscientes, es natural que nos sintamos sobrepasados, abrumados por una nueva situación que nos coge por sorpresa y nos hace patente que todo muta de un modo constante.

En esos momentos tenemos dos opciones, o nos resistimos al cambio y nos anestesiamos ante el dolor de asumir lo que nos está pasando, o bien nos disponemos a transitar y a transformar ese dolor como una posibilidad de acercarnos a la vida y al valor sagrado de existir. Ambas opciones son válidas y respetables, corresponde a cada uno optar en libertad cómo desea vivir o, como nos sucede en muchas ocasiones, simplemente afrontar la nueva situación como buenamente podamos hacerlo.

Sin embargo, a pesar de que no haya una buena o mala respuesta, la experiencia humana nos pone de manifiesto que bloquear la aceptación de un proceso de cambio no hace más que desconectarnos de la vida. El hecho de negar el dolor nos separa de nuestra capacidad de amar y de conectar con la vida.

No se trata de arremeter contra aquello que nos sobrecoge, sino de aproximarnos suavemente y con ternura a lo que nos está sucediendo. Quizás nos ayude introducir delicadamente en nuestro corazón la certeza del cambio que acabamos de experimentar y no cerrarnos a él. Todo empieza y termina. No podemos luchar contra ello.

Pero sí que tenemos la capacidad de hacer algo respecto a eso y tratar de transformar el dolor de la pérdida en una mayor capacidad de amar y comprender la existencia. Adentrarnos en la textura de la impermanencia y la incertidumbre puede resultar, al contrario de lo que imaginamos, una experiencia transformadora que nos acerque a la fuente de fortaleza y serenidad que reside en nuestro interior.

Y así, con valentía y humildad, nos disponemos a escucharnos sin juicios ni preconcepciones. Tratamos de mirarnos a los ojos de nuestro interior con la amabilidad y el respeto que implican no negar nuestra experiencia.

Así, poco a poco, vamos redescubriendo ese espacio sereno y amoroso que nos ayuda a sostenernos ante la inmensidad de la vida. Es entonces, cuando nos abrimos a nuestra propia vulnerabilidad; que podemos darnos cuenta que es precisamente de ella de donde emana nuestra fortaleza.

Los tránsitos vitales, no nos resultan fáciles. Aceptar que todo se desmorona nos puede hacer sentir que el suelo que nos sostenía se ha desvanecido y que no nos queda más que caer. Sin embargo, lo que ocurre es que, sencillamente, nos pone de manifiesto que lo único que nos puede sostener es nuestra serenidad interior. No nos caemos más que al abismo de querer controlar la vida.

Es, tal vez, en el contacto con este sentido penetrante de impermanencia que podemos contactar con la vida. Vida y muerte como amigas inseparables. Luz y sombra, como compañeras de viaje desde las que podemos dignificar y honrar nuestra experiencia, nuestra vida y los que participan y han participado de ella (nosotros incluidos).

El propósito de abrirnos al cambio nos es más que tratar de ofrecer un pequeño rayo de luz que contribuya a aportar esperanza al hecho de que es posible contactar con nosotros mismos, con nuestro corazón y nuestra sabiduría interna. Es posible vivir de un modo pleno y con el contentamiento sagrado que implica existir entre los claro oscuros de la vida.

Y en esto no estamos solos. Navegamos juntos en este mar de la existencia. Por eso es importante acompañarnos en el tránsito de llegar a buen puerto. De modo que se hace imperioso “ver” al otro.

Se hace pues necesario poder volver esta mirada interna de ternura y aceptación, hacia los demás, hacia aquellos que nos rodean, con la intención de acompañarnos mutuamente en estos tránsitos que sacuden toda nuestra existencia.

Y esto lo podemos hacer muchas veces sin palabras, desde el silencio interno que es capaz de conectarnos y sintonizarnos con la vida y con los demás. Intentando aportar un espacio abierto, resonante, inclusivo y sereno en el que poder comunicarnos y aceptar que todo es impermanente, que nuestra existencia en este mundo es fugaz y sagrada.

Así, quizás, nuestros hábitos por asirnos a las cosas puedan dar lugar a una apertura cálida de corazón ante la vida y la muerte.

Copyright © 2016 Esteban Andrés Galliera Elizalde

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Liderazgo, fraternidad y compromiso social.

Comparto este bello discurso sobre la importancia de la humildad, la amistad, el compromiso social y la fraternidad.

Fuente: Emmanuel Faber: La lección de liderazgo más emotiva.

http://cincodias.com/cincodias/2016/07/20/sentidos/1469039240_078185.html

 

Sin justicia social no habrá economía
Emmanuel Faber, consejero delegado de Danone

Lo haré lo mejor que pueda, empezaré en francés y terminaré en inglés. Si esperáis un discurso intelectual quedaréis decepcionados. ¿Qué es lo que más me marcó durante los años que pasé aquí, como vosotros, en este campus?

He decidido hablar de alguien que nació 20 años antes, en 1965, en Grenoble. Un joven, que vivió una vida muy plena, con una adolescencia complicada, turbulenta, que dejó los estudios y consiguió un empleo como operario de obras públicas en los Alpes. Trabajaba en invierno en las carreteras. Un día decidió finalizar sus estudios. Tuvo entonces un primer episodio y fue internado en un hospital psiquiátrico, del que salió más tarde. Él amaba la tierra, amaba la agricultura, amaba a los campesinos.

Entonces, decidió ser ingeniero agrónomo. Lo consiguió. Empezó a trabajar. Tuvo entonces un segundo episodio: volvió a ser internado en un hospital psiquiátrico, y nunca pudo volver a trabajar, como lo vais a hacer vosotros en el futuro o como lo hago yo. Se hizo jardinero, tuvo otros pequeños trabajos de inserción, pasó mucho tiempo en la calle, tocando la guitarra. Se hizo amigo de quienes se levantan de madrugada, ya que no podía dormir a consecuencia de su enfermedad.

También se hizo amigo de los basureros, que se levantan a las cuatro de la madrugada, a los que les preparaba café, y de las señoras mayores, a quienes ayudaba a cruzar la calle con el carro para ir al mercado. De vez en cuando dormía con esa gente que ni yo ni vosotros, si hacemos el trabajo al que aspiramos, nos encontramos.

Un día decidió volver al campo. Regresó al pueblo, a los Alpes, con sus amigos agricultores. Por la mañana hacía queso en la lechería. Y las tardes las pasaba durmiendo, a causa de su enfermedad, e iba a hacerlo cerca de una fuente.

Después de cada siesta, ponía su viejo teléfono móvil cerca del manantial, y me llamaba y me dejaba un mensaje en el buzón de voz. Todos los días. Solamente con el sonido del agua. Yo, en ese momento, podía estar negociando con el Gobierno chino, al otro lado del planeta, en mi oficina de Shanghái, en París, Barcelona o en México, o quizá con vosotros, y tenía todos los días esta vocecita, una vez al día, que me recordaba de dónde vengo. Un día, hace cinco años, pocas horas después de despedirme de él porque se iba a la montaña, murió a causa de su enfermedad. Era mi hermano.

Lo que más me marcó durante los tres años que pasé aquí fue esa llamada, que desearía no haber recibido nunca. A las nueve de la noche, aquí, en el Edificio C, en la cuarta planta: “Faber, es para ti”. Y supe que mi hermano había sido ingresado, por primera vez, en el psiquiátrico con el diagnóstico de una esquizofrenia severa. Mi vida cambió. Pocos de vosotros lo sabíais. Tuve que aprender a negociar con alguien que había perdido la razón.

Aprendí a pasar la noche buscándole por las calles, a conocer el mundo de los hospitales psiquiátricos. Aprendí el lenguaje de los locos para poder mantener el diálogo con ellos, y aprendí la belleza del lenguaje. Descubrí también que la normalidad nos atrapa, descubrí la belleza de la capacidad de ser otro. Me abrió a muchas cosas. Gracias a él descubrí la amistad de los sin techo, y de vez en cuando voy a dormir con ellos. Descubrí que se puede vivir con muy poco y ser feliz.

He hecho noche en los barrios pobres de Delhi, Bombay, Nairobi, Yakarta, en Aubervilliers, muy cerca de aquí, en París, y en la jungla de Calais. Y todo esto me ha enseñado una cosa: que a partir de ahora, tras esos decenios de crecimiento, el desafío de la economía, el desafío de la globalización, es la justicia social. Sin justicia social no habrá economía.

Nosotros, los ricos, los privilegiados, podemos levantar muros cada vez más altos, como Arabia Saudí en la frontera con Yemen, Estados Unidos con México, como se está haciendo también alrededor de Europa, pero nada detendrá a quienes tienen necesidad de compartir lo nuestro. No habrá justicia climática sin justicia social.

¿Y por qué os estoy diciendo todo esto? Porque hoy os graduáis. Os enfrentáis al futuro y me gustaría felicitaros a todos. Al mismo tiempo, tenéis en estos momentos un instrumento muy poderoso en vuestras manos. Y la cuestión es: ¿qué vais a hacer con él? Porque os vais a dedicar a las finanzas, al marketing, a la abogacía, a la acción social, al liderazgo de los negocios, pero ¿cómo vais a manejar vuestro liderazgo en esta áreas?

Porque de una cosa estoy seguro después de 25 años de experiencia: se os ha dicho que hay una mano invisible, y no la hay. O quizá hay una, pero os puedo decir que tiene más discapacidad que la que tenía mi hermano. Está rota.

Así que solo están vuestras manos, mis manos, todas nuestras manos para cambiar las cosas, para mejorarlas. Y vosotros tenéis mucho para mejorarlas. Tendréis que superar tres grandes enfermedades, que llegarán, con facilidad, a la posición que vais a adquirir tras vuestra graduación, amigos míos: el poder, el dinero y la gloria.

De la gloria, olvidaos. Es solo una carrera sin fin que no conduce a ninguna parte. Las listas de famosos están para que la gente busque su nombre, pero a nadie le interesan.

En cuanto al dinero: cuando estaba en banca de inversión, conocí a tanta gente, y continúo haciéndolo, que son prisioneros del dinero que ganan. Nunca seáis esclavos del dinero. Sed libres. Sea lo que sea en lo que lo ganéis o lo que hagáis con él. Sed libres.

En cuanto al poder, mirad a vuestro alrededor. Veréis a mucha gente que tiene poder y que no hace nada más que conservar ese poder, asegurarse de tenerlo un día más. El poder solo tiene sentido si vuestro liderazgo es un liderazgo de servicio a los demás, y si encontráis la forma de que sirva a ese propósito. Ese objetivo es el que os hará ser quienes realmente sois. Lo mejor de vosotros no sois vosotros quienes lo conocéis.

Así que tengo una pregunta, que me gustaría dejaros como reflexión a cada uno de vosotros: ¿quién es vuestro hermano? ¿Quién es ese hermano menor, ese hermano menor que vive en cada uno de vosotros, que os conoce mejor que vosotros mismos, que os ama más de lo que os amáis vosotros a vosotros mismos? Es esa vocecita la que os dice que sois más grandes de lo que pensáis que sois. ¿Quiénes son? Ellos os traerán esa voz, esa música interior, esa melodía que es verdaderamente vuestra, una melodía única que cambiará la sinfonía del mundo a vuestro alrededor. Mucho o poco, pero lo hará. El mundo lo necesita y vosotros lo merecéis.

Así que encontrad a vuestro hermano menor, encontrad a vuestra hermana menor, y cuando los encontréis, saludadles de mi parte: somos amigos. Que os vaya bien.

 

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Simplicidad

“Meditation is to rest in Simplicity” Jim Scott

ave en el cielo

A diferencia de lo que solemos imaginar, la simplicidad es una actitud que puede ayudarnos mucho a cultivar la felicidad y el equilibrio.

Sin darnos cuenta, nos pasamos la vida persiguiendo una armonía que siempre se escurre de  nuestras manos. Mantenemos inquebrantablemente la ilusión de que algún día la alcanzaremos.

Sin embargo, por poco que observemos nuestro recorrido con detalle, es posible que nos demos cuenta que esta estrategia no ha resultado muy hábil. Tal vez, nos enfrentemos al hecho de que hemos elaborado un plan que, por mucho que nos cueste admitirlo, no nos ha servido. Esto puede resultar doloroso, pero también nos ofrece la posibilidad de ejercer nuestra responsabilidad sobre la consecución de nuestro bienestar.

Hasta ahora habíamos basado nuestra felicidad en una serie de quimeras complejas, que siempre nos han puesto en evidencia que no eran lo suficientemente importantes como para dejarnos plenamente satisfechos. Y no se trata de restarle valor a toda nuestra experiencia sino, por el contrario, de tomar conciencia de que eso no ha funcionado y trazar un nuevo rumbo.

No podemos depositar nuestra felicidad en el futuro porque la evidencia clara es que nunca se presenta.

Contemplar la posibilidad de buscar en el sitio menos pensado, en el aquí y ahora, podría ser una opción. Una alternativa para liberarnos del sufrimiento que implica el esfuerzo de correr hacia un horizonte que nunca llega. Una encrucijada que nos invita a dejar de invertir toda nuestra energía en algo conocido y que sabemos que, tarde o temprano, nos va a desilusionar.

Quizás se torne oportuno rectificar nuestra meta; volver la mirada al presente, respirar y tratar de ser simplemente lo que somos.  Sin más.

Por si acaso eso que buscamos fuera esté dentro, puede ser pertinente arriesgarse a explorarlo. Tal vez sea una opción que convenga considerar. No sea que eso que se nos escapaba,  haya estado a nuestro alcance todo este tiempo.

Puede que sea la hora de dar espacio a la simplicidad. El momento de darnos la oportunidad para buscar dentro y observar si esa felicidad que tanto anhelamos ya está presente en nosotros y tiene algo que ver con descansar en la sencillez que implica Simplemente Ser.

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Paciencia

Sembrando paciencia.

Una reflexión suscitada a razón de esta cita compartida por gentileza de dorjeduck:

Drop by drop – Buddha
Drop by drop is the water pot filled. Likewise, the wise man, gathering it little by little, fills himself with good.

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Muchas veces la necesidad de deshacernos de nuestro sufrimiento nos impele a que, sin siquiera darnos cuenta, afrontemos nuestra vida y nuestros procesos personales con un cierto sentido de intolerancia y negación en relación a lo que nos ocurre. Es ciertamente natural y legítimo anhelar dejar de sufrir y encontrar paz y sosiego en nuestro interior. Es precisamente esta motivación lo que nos permite iniciar nuestra búsqueda, y resulta primordial que aprovechemos este estímulo.

Sin embargo, es posible que este anhelo no se vea plasmado del todo en nuestro proceder. A veces es tan doloroso lo que nos pasa que tenemos la tentación de pasar de puntillas por nuestra existencia. Y esto, como muchos de nosotros ya hemos experimentado, no funciona. Nos guste o no, sólo abrazando aquello que sentimos con bondad y paciencia, es como realmente podemos intercambiar este dolor en serenidad y paz de espíritu.

La práctica de la meditación es un verdadero campo de entrenamiento para cultivar la  virtud de la paciencia. Una cualidad fundamental para transformar el rechazo hacia nuestras vivencias en tolerancia y acogimiento. En otras palabras, una actitud que nos ayuda a  sostener con entereza, sin juicios ni temor, todo aquello que se nos presenta en la vida.

Sentarnos en silencio, escucharnos sinceramente e intimar con nosotros son grandes recursos para aterrizar en el presente de nuestra experiencia. No podemos despegar sin haber, primero, tomado tierra.

Volver a casa,  al cuerpo, a nuestras emociones y familiarizarnos con nuestro ser, es abonar, poco a poco, la tierra del despertar de nuestra bondad fundamental. Paciencia. Paciencia con nosotros, con el prójimo, con la vida…

Todo lo que sembramos, tarde o temprano, dará su fruto.

Copyright © 2016 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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La alegría de la decepción.

Va a ser que no – o lo que otros llaman: Tener suerte !

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Muchas veces la necesidad de satisfacción sensorial enmascara el querer huir de un estado de inseguridad e inquietud que nos sobrepasa, que nos sobrecoge y desborda; que nos conecta con la suprema angustia del alma; con el terror de la amenaza de separación y soledad. Un espejismo que nubla el oasis de nuestra verdadera esencia.
Sin embargo, animarnos a encarnar la tristeza de la decepción, puede que nos permita tomar tierra, aterrizar en esa tristeza fundamental que nos pone en contacto con un sentimiento penetrante de fragilidad que nos acerca a la universalidad del sufrimiento.
Y si tenemos la suerte de no perder de vista la desnudez y humildad de sentirnos despojados de nuestra maltrecha exclusividad, podremos suavemente animarnos a mostrarnos tal cual somos… y desplegar la bondad que surge de permanecer en ese espacio incierto en el que se juntan la interconexión y la singularidad.

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde

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Identidad – A la búsqueda de nuestra esencia

El yo. Un punto de encuentro: Rogers, Winnicott, Epstein y Nagarjuna.

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Es interesante observar como la cuestión de poder desplegar todo nuestro potencial parece ser una de las piedras angulares de la salud y la felicidad. Aquí juega un papel fundamental la identidad. Parece que resulta ser intrínsecamente inherente a la expresión el hecho de quién es el que se expresa. Y allí surge la gran pregunta: ¿Quién soy? ¿Qué voy a desplegar si no sé quién soy?

Este es un tema central en terapia.

Rogers diría, desde el humanismo, que la falta de aceptación incondicional de nuestros cuidadores combinada con nuestra necesidad de supervivencia basada en el cuidado y el afecto es aquello que impide que la tendencia natural a crecer de acuerdo a quienes somos se vea obstaculizada. Como si de niños estuviéramos en un callejón sin salida, tenemos que elegir entre ser nosotros o sobrevivir. Como las condiciones nunca son perfectas, de un modo u otro, siempre dejamos, en el mejor de los casos, una parte nuestra enterrada en las profundidades (no vaya a ser que no sea digna de ser amada y cuidada).

Winnicott, desde el psicoanálisis, lo estructura de otro modo pero con las mismas consecuencias: nos cerramos cediendo a exigencias paternas surgidas de la ansiedad de los padres. El niño posterga sus necesidades y se impone una coherencia que es ficticia. Lo que en realidad necesita es que su ego se descargue y, desde allí, aprender a regularse. Pero el retorno parental no es lo suficientemente fuerte para tolerar su derrumbamiento, no puede sostenerlo. Es así que esta “coherencia impuesta” genera lo que llamó un “falso yo”. Que es forma de autosuficiencia ante la falta de cuidados.

Epstein dice: “De niños, a todos se nos obligó a obedecer las exigencias egoístas de nuestros padres, que necesitaban que actuáramos de cierta manera para satisfacer sus necesidades. En esos momentos a todos se nos hizo sentir que no estaba bien ser quienes éramos y que más nos valía que compensáramos de otra manera. Nos esforzamos al máximo para dar a nuestros padres lo que necesitaban y nos adaptamos de una o ambas maneras: autoinflación o autonegación compensatorias. En ambos casos, evitamos sentir la falta de atención de nuestros seres queridos y en el proceso de satisfacerlos nos alejamos de nosotros mismos.”

Parece ser que el narcisismo tiene su origen aquí, en esta identificación con una imagen que no somos nosotros y que bascula entre la omnipotencia (anhelo de que nuestros deseos puedan ser cumplidos sin pedirlo – transición del principio del placer al de realidad) y fragilidad (el no valer nada). Sería terrible descubrir que hemos sido queridos como siendo alguien que en realidad no éramos nosotros.

Pues sí, el yo parece ser una gran fuente de sufrimiento y dificultad.

Basculamos entre eso que parece ser que “sentimos que no somos” y eso que “intuimos que somos” pero que permanece escondido. Una lucha sin cuartel dentro de nosotros mismos.

Quizás lo importante aquí sería poder  permanecer en ese estado en el que “somos” pero no nos identificamos con ninguno de los dos extremos. Sería como poder permanecer en el punto medio sin dejarnos llevar por la necesidad de aprehendernos a algo, ni a lo que parece que no somos ni a lo que parece que somos.

Nuestra percepción  de la realidad está condicionada por toda una serie de huellas que operan de un modo consciente e inconsciente. Entramos al mundo estructurando la realidad y explicándonosla de un modo que nos resulte soportable, abordable. Necesitamos de una cierta estructura que nos organice en medio de un mundo que, de otro modo, nos resultaría caótico. De hecho, nuestro proceso de conformación nos debería ayudar a construir una capacidad de agente que nos permitiera desenvolvernos en la vida de un modo sano y abierto, lo que llamamos un yo funcional. Sin embargo, como hemos visto, ese yo funcional, auténtico, congruente, no es tal. Es simplemente versión falsificada de lo que podríamos realmente ser. El problema radica en que nos basamos en una confusión fundamental, convertimos esa versión falsa en nuestra identidad, en nuestra verdadera esencia, la solidificamos y nos quedamos atrapados en ella. Una estructura que nos secuestra tanto consciente como inconscientemente.

Hasta aquí llegaríamos con la psicología actual. Creeríamos que una vez desvelada esa construcción ficticia podríamos llegar a otra construcción que, ésta sí, fuera realmente verdadera. Sin embargo, esto tampoco es así, cualquier construcción a la que queramos aferrarnos nos es más que una versión descafeinada de aquello que puede emerger de nosotros.  Sin darnos cuenta, se nos pasa por alto, dejamos atrás, el hecho de que nuestra verdadera esencia no es más que el momento presente. Se encuentra en ese hilo electrificado del que nos habla Trungpa Rinpoché.

Y decimos se encuentra porque la podemos ver, sentir, percibir. Vibra en nuestro interior y resuena con los demás. Pero no es “algo”, no hay una esencia concreta, simplemente “es”. Corremos y vemos la estela que dejamos detrás nuestro, sentimos el viento de cara que llega de más delante; esto nos da una cierta sensación de continuidad, de identidad: “soy el corre en esa dirección”. Pero esa sensación de solidez es simplemente una ilusión. Si nos paramos y observamos lo que ocurre, nos daremos cuenta de que la continuidad se basa fundamentalmente en el movimiento y que es la inercia de este movimiento lo que nos da la percepción de trayectoria. Una trayectoria que, a la vez, nos coarta la libertad de cambiar ese rumbo que, aún ilusorio, vamos recorriendo en nuestra vida. Nuestros hábitos, nuestra vida, nuestras creencias; en definitiva, nuestra idea del yo funciona así también. De modo que intentar aprehender algo que es escurridizo porque es netamente ilusorio no nos sirve, no tiene sentido.

Miramos atrás y luego adelante, y desde allí en el medio, objetivamos: este soy yo. Qué alivio! Al fin sé quién soy, sé a dónde voy, he descubierto mi destino y el sentido de mi vida. Pero un instante más delante esto ha cambiado, y me lo tengo que volver a preguntar. Y así podemos estar toda la vida. Y una vez que lo hemos probado unas cuantas veces y hemos descubierto que no funciona, esto ya nos resulta semi-ridículo. Pero seguimos adelante, no vaya a ser que no encontremos nada y que nuestra “trayectoria” sea un verdadero fiasco. Y…. si, por mucho que nos duela realmente lo es. Una suerte de carrera hacia ninguna parte. Una suerte de huida.

¿Huida de qué?  Seguramente de ese alambre electrificado que es vivir. Un intensidad que nos produce, como diría Rank, un intenso “miedo a la vida”. Por eso, en lugar de pararnos sobre ese hilo conductor de la vida e intentar vivirla desde el frescor del presente, conservamos los pies en donde nos sentimos seguros y al tocar el hilo del presente: nos electrocutamos. Pareciera fácil, las golondrinas se posan en ellos a cada momento, y no les pasa nada. Pero no es así. Estamos habituados a bascular entre dos polos: atropellar o retraernos. Epstein diría entre la autosuficiencia y el autodesprecio.

Afortunadamente hay otra manera. Una manera de poder parar y observar nuestra verdadera naturaleza, de reposar en ese espacio inaprehensible que nos señala Nagarjuna con la Vía del Medio. Y en esto la práctica de la meditación nos puede ayudar a aproximarnos a este espacio de incertidumbre, a ese momento en el que nos animamos a salir de la madriguera de nuestros hábitos, y respirar. Respirar el aire de la libertad que implica soltar el miedo y los aferramientos al pasado y al futuro.

Y por poco que nos animemos, descubriremos que esto de estar al aire libre es intenso, que, a veces llueve y truena, pero también brilla el sol y nos calienta. Pero, por encima de todo, no miramos la vida desde la cueva, escondiéndonos del mundo, contándonos historias sobre lo que pasa allí fuera.  Nunca es tarde para salir de ella.

Como ha expresado el maravilloso Dechen Rangdrol: The time has come!

 

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde

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Dándonos permiso para ser humanos.

Enraizando la sabiduría en nuestros errores.

Esta mañana he recibido este texto desde la Tricycle Community y me ha parecido realmente conmovedor. Recoge la esencia de la importancia de aproximarnos a la humanidad compartida y la compasión a través de la aceptación. La aceptación de que nuestros supuestos errores son, en realidad, la vía de entrada a la verdadera sabiduría.

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Softening Judgment

Falling down is what we humans do. If we can acknowledge that fact, judgment softens and we allow the world to be as it is, forgiving ourselves and others for our humanity. The Buddha’s First Noble Truth—that suffering exists—is, in itself, a permission to be human and not demand more of ourselves than we’re capable of. Our compassion arises from our very fallibility, and love takes root in the soils of human error.

Lin Jensen, “An Ear to the Ground”

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Salud mental y responsabilidad

Asumir la responsabilidad de nuestra salud mental.

Acabo de ver la entrevista “Empastillats” (“Empastillados”, en castellano) realizada por el programa Retrats de la TV3 catalana al psiquiatra, psicólogo, psicoanalista y neurólogo Jorge Tizón; y me ha parecido oportuno compartir unas reflexiones al respecto.

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En mi opinión, lo más  interesante del reportaje (al que podéis acceder en este link: Empastillats) es la visión holística e integradora de la salud mental que plantea el Dr. Tizón. Como se observa en su currículo académico y de trabajo de campo, es una persona formada en materias muy diversas en lo que respecta a este tema, y eso le permite tener una visión científica, clínica y empírica muy amplia. Aporta una visión rompedora acerca de lo que en el ámbito social e incluso médico implica lo que solemos considerar un “trastorno mental”. Coloca al predominante discurso biologicista en una posición en la que ya no es el factor causal principal de los malestares o trastornos mentales. Plantea una visión integral del ser humano y otorga a “la relación” un valor terapéutico y curativo fundamental. Propone un enfoque que aboga por abordar este problema social desde todos los ángulos a nuestro alcance: el contexto social, el entorno familiar, el ambiente, el cuerpo, etc. Todos estos factores ya no se presentan como hechos  aislados independientes, sino como partes integrales del bienestar psicológico. En este sentido, coloca a la “medicación” como una ayuda, un medio más para facilitar la cura. Pero, fundamentalmente, pone de relevancia lo que para mí es el factor curativo por excelencia: “la relación terapéutica”.

La relación de ayuda es un aspecto primordial en nuestras vidas. Tiene que ver con los cuidados primeros  en la vida, pero también con el haber encontrado personas (abuelos, maestros, amigos, mentores, etc.) que han podido significar un apoyo que nos permitiera centrarnos en nosotros mismos y crecer. En ocasiones estas ayudas no son suficientes y debemos recurrir a un profesional que nos acompañe a superar estas dificultades desde un conocimiento más profundo de estas problemáticas.

Pero lo que quiero destacar en este caso es el planteamiento que realiza Tizón en cuanto a que puede haber cierta instrumentalización de estos trastornos con el objeto de generar beneficios.  Provechos que no están en consonancia con el objetivo de “mejorar nuestra salud mental”. Parece ser que se ponen en juego ciertos intereses que están más relacionados con el mercado que con la salud.

Pero todo esto me hace preguntarme, más allá de la estigmatización de estos actores del sistema sanitario: ¿qué es lo que nos aboca a ello sin remedio? ¿qué es lo que nos hace participes de esta uniformización y de este mecanismo que parece ineludible?

Si es sabido, estudios científicos de por medio, que las terapias relacionales son más eficaces y duraderas que mucha de la medicación sintomática que consumimos; ¿por qué se reduce el gasto en los profesionales de la relación de ayuda y se prescriben cada vez más pastillas? ¿por qué se medica a unos niños inquietos, supuestamente “enfermos”, con psicofármacos que tendrán efectos nocivos y que los harán más vulnerables el resto de sus vidas?

El Dr. Tizón no responde a esta pregunta directamente, pero desliza una respuesta que se relaciona con nuestro estilo de vida y nuestra capacidad de adaptarnos y evolucionar. Quizás sea el momento de plantearnos: ¿por qué nos resulta tan difícil adaptarnos a  la llegada de un nuevo ser al seno familiar?, ¿por qué nos cuesta tanto comprometernos con nosotros mismos? o  ¿por qué preferimos tomar pastillas en lugar de adentrarnos en algunas heridas que todavía no hemos podido cerrar?

Tal vez, una de las respuestas podría estar por el lado de la incomodidad. Salir de nuestros hábitos, sacar la nariz más allá de nuestra zona de confort, puede ser fatigoso e incierto. Pero es lo que nos hace crecer y apreciar la vida.

Parece ser que si estamos dispuestos a empoderarnos y responsabilizarnos de nuestras vidas, ya no será necesario identificarnos con el papel de víctimas de un sistema de salud que nos conduce ineludiblemente al dosificador de pastillas. Reconocernos como agentes de nuestras vidas y preguntarnos si queremos realmente ser protagonistas de nuestra vida es lo que nos puede libera de este yugo de las soluciones rápidas y de la obligación de ser algo diferente de lo que somos. En definitiva, responsabilizarnos de nuestra propia “salud física y mental”.

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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