El poder de la persona – Comentario sobre la obra de Carl Rogers, parte I

El poder de la persona

En este libro Carl Rogers expone las bases fundamentales de su teoría y nos acerca al modelo terapéutico centrado en la persona.

Hacia una fundamentación teórica.Una base política: la tendencia actualizante.

De acuerdo con este modelo humanista, la motivación básica del ser humano reside en lo que Rogers denomina: tendencia actualizante. Este constructo representa el hecho de que la vida se rige a través de un proceso activo que estimula a cualquier organismo a mantenerse, mejorarse y reproducirse. Es una tendencia que opera siempre y resulta ser la condición distintiva de la vida, tanto en lo que se refiere a la diferenciación de órganos y funciones, como al mejoramiento a través de la reproducción, y la dirección hacia una autorregulación y liberación del control de fuerzas externas. En otras palabras, todo organismo posee una propensión innata hacia su propio mejoramiento basado en la independencia del control externo y sostenido por el autocontrol individual. Es decir, el sustrato de toda motivación humana es la tendencia organísmica hacia la realización y el crecimiento. Conforme a lo que indica Rogers, el hecho de proporcionarle a un organismo las condiciones favorables para su desarrollo llevará aparejada una serie de comportamientos que tenderán a la actualización de sus potencialidades más complejas en una dirección que resultará constructiva para sí mismo. En otras palabras, podemos considerar que todo organismo humano posee una fuente central de energía que lo moviliza hacia la actualización y la autorrealización. Por otra parte, si la tendencia actualizante es el motor de la vida y las condiciones favorables son las condiciones para que está pueda expresarse sin restricciones, ¿qué es lo que permite que cada individuo decida hacia dónde trazar su rumbo vital? En este sentido, el propio organismo está dotado de un sistema regulador y de control que le proporcionará la información necesaria para poder dirigir su timón en la dirección adecuada. Es así que este sistema de guía conceptualizado bajo la noción de “valoración organísmica” tiene la función de evaluar las experiencias y orientar al individuo en la consecución de su autorrealización. Según el autor, cuando un individuo funciona sin barreras ni inhibiciones que le impidan experimentar totalmente cualquier cosa que estuviera presente organísmicamente, éste se desenvuelve como una persona integrada (como una unidad y, a la vez, como una totalidad) que tiene la capacidad de encontrar el camino que le conduce a la independencia y la emancipación. Es decir, el ser humano es concebido bajo una visión positiva, ya que cuenta con una tendencia actualizante innata que, tanto desde la esfera consciente como de la inconsciente, es capaz de guiarlo en su camino hacia la libertad, la felicidad y el desarrollo. Sin embargo, como lo demuestran las evidencias, el ser humano tiene serias dificultades para poder regirse por este sistema de valoración organísmica que opera como guía de su rumbo. Esto se debe, básicamente, a que el sujeto no está integrado plenamente en lo que se refiere a su cuerpo y su consciencia y, ésta última no está centrada en las señales que le proporciona el organismo (el cuerpo y los diferentes sistemas de percepción que lo componen), sino que sólo ilumina de forma restrictiva aquello que responde a la mente conceptual y al mundo de las ideas. Pero, ¿qué es lo que provoca este sesgo?, ¿qué es lo que impide que el individuo pueda dejarse guiar por esta tendencia o que pueda contactar con esta fuente de información propia tan fidedigna? La respuesta reside fundamentalmente en que durante la infancia el sujeto es un ser dependiente de sus cuidadores y la propia tendencia actualizante le impulsa a establecer un vínculo con sus padres que le permita ser cuidado y sobrevivir. Vale decir, el niño hace todo lo posible por ganarse el amor de sus padres para que estos le permitan crecer y realizarse. Esto no sería un problema si sus progenitores fueran seres humanos plenamente integrados, libres, congruentes y seguros afectiva y emocionalmente. Lamentablemente esto no suele ser así y el amor de los padres y de las personas significativas está siempre teñido de condicionalidad o, lo que es lo mismo, al no haber una aceptación incondicional y plena del niño, este se ve impelido a optar entre el amor de sus padres, que es lo que le permite sobrevivir, y su tendencia actualizante, que es lo que le permite lograr su plenitud siendo él mismo. En definitiva, el amor de los padres está condicionado y supeditado a que el niño introyecte ciertos constructos y valores como suyos, ya que de lo contrario no sería percibido como una persona valiosa o digna de amor y su supervivencia se pondría en cuestión. De modo que, todos aquellos sentimientos reales que no coinciden con los valores impuestos exteriormente son rechazados y se les impide el acceso a la consciencia. Estos constructos impuestos se convierten en rígidos y estáticos en la medida en que vienen de fuera y no están sujetos al proceso normal mediante el cual el niño evalúa su experiencia de manera fluida y cambiante. De manera que al pasar por alto su propio proceso experiencial, cuando éste entra en conflicto con sus constructes se desconecta de su funcionamiento orgánico y se disocia (derivan en una forma pervertida de canalizar parte de la tendencia actualizante en conductas culturalmente condicionadas que no actualizan). Es así que la persona queda disociada ya que conscientemente se comporta en función de sus introyectos pero inconscientemente es regida por la tendencia actualizante, lo que produce una escisión que bloquea el desarrollo hacia la actualización y la plenitud. Por el contrario, el individuo maduro confía y usa la sabiduría de su organismo con conocimiento, de manera que exista una congruencia fundamental entre sus aspectos conscientes e inconscientes. En concreto, en un individuo “sano” psicológicamente, la capacidad de la consciencia humana de simbolizar y dar significado es guiada por la tendencia a la autorrealización que existe en su interior tanto a nivel consciente como inconsciente. Y para que esto sea posible es necesario que el individuo cuente con un entorno que le proporcione las condiciones actitudinales que le permitan lograrlo.

De modo que, tal y como expone Rogers en el primer capítulo de este libro, es fundamental tener en cuenta en que consisten estas condiciones actitudinales que permitirán la autorrealización de forma que puedan ser facilitadas en todos los ámbitos de la existencia humana y en particular en el contexto terapéutico que nos ocupa. La primera de estas condiciones se refiere a la congruencia, genuincidad o autenticidad de las personas significativas y, en especial, del terapeuta. Se entiende que cuanto más el terapeuta es él mismo en la relación con el paciente, mayor será la probabilidad de que el cliente cambie y crezca de forma constructiva. Esto implica que el terapeuta está abierto a lo que está experimentando en la relación terapéutica y sus percepciones están disponibles a su consciencia, de forma que se hace transparente y el cliente puede ver con claridad lo que el terapeuta “es” en la relación. De esta manera se produce una congruencia entre lo que el terapeuta experimenta a nivel visceral y lo que está presente en su consciencia (contenido que puede ser expresado verbalmente si se considera apropiado). Es decir, cuanto más el terapeuta es “él mismo” en la relación con el cliente, siendo consciente de lo que le ocurre y pudiendo expresar sus sentimientos y actitudes (que no juicios ni opiniones), más ayuda al cliente a que se manifiesto también “tal cual es” y de ese modo fomenta su crecimiento. Esto resulta fundamental ya que esta actitud proporciona al cliente un gran ESPACIO desde dónde puede mostrarse de manera AUTÉNTICA, de la misma forma que lo hace el terapeuta. El mensaje implícito del terapeuta es: “Aquí estoy como soy”. Al no haber ningún intento de controlar la respuesta del cliente, éste percibe que se le está permitido ser tal cual es, lo que naturalmente estimulará la tendencia del cliente por ser y expresarse libre y auténticamente.

La segunda actitud necesaria para crear este clima favorable es la aceptación positiva incondicional. Esto quiere decir que el terapeuta acepta cualquier cosa que el cliente es a cada momento, validándolo, sin juicios de valor ni opiniones favorables o desfavorables. El terapeuta “acepta” al cliente sin identificarse con lo que expresa sino que lo hace de un modo incondicional y, fundamentalmente, no posesivo. Del mismo modo que un padre quiere a su hijo, este tipo de amor no implica que se compartan las opiniones, juicios o conductas del cliente, lo que se acepta es la totalidad del ser; lo que proporciona un refugio que implica un espacio cálido en el que el paciente se puede sentir querido tanto en lo que acepta de sí mismo como en lo que rechaza de sí mismo. Por lo tanto, se le permite al cliente ser el mismo en un entorno de amor que no queda supeditado a nada y que, por ende, no se ve alterado porque apunta a su ser y no a las formas que su ser puede adoptar. En este sentido, este posicionamiento resulta ser muy potente en cuanto no manipula ni presiona sino que simplemente sostiene y acepta; en definitiva, ama incondicionalmente, y eso permite que el propio cliente pueda aceptarse y amarse a sí mismo, también de manera incondicional.

Por último, la tercera condición actitudinal imprescindible para lograr las condiciones necesarias para el trabajo terapéutico es la compresión empática. Ésta se refiere a la voluntad y la habilidad de captar con precisión los sentimientos y significados personales que están siendo experimentados por el cliente y comunicárselo de manera que sepa que nos colocamos en su marco de referencia y desde allí contemplamos sus vivencias. De hecho, se entiende que en un momento dado el terapeuta puede llegar a estar tan sintonizado con el mundo íntimo del cliente que es capaz de promover la clarificación no sólo los significados conscientes sino también aquellos que están justo por debajo de ellos. A pesar de lo dicho, la actitud del psicólogo es no intrusiva, abierta y fluida; caracterizada por la resolución constante, instante a instante, de una actitud basada en focalizar la atención en el mundo interno del cliente y en la forma en que percibe lo que le ocurre. De hecho, ayuda al cliente a tener una comprensión más clara de sus emociones y de su conducta, con lo que se promueve un aumento del control del cliente sobre ellos. Sin embargo, es muy importante tener en cuenta que este tipo de “estar” frente al paciente debe ser cultivado por el terapeuta de un modo regular y a través de su trabajo personal y supervisión. La formación y la experiencia en este manera de “presencia” es la clave del trabajo. Y, sobre todas las cosas, la consideración de que el respecto, la humildad, la congruencia y la profesionalidad deben ser los pilares en los que asiente este trabajo.

En resumen, de acuerdo con Rogers, se entiende que la presencia de estas tres actitudes fundamentales del terapeuta fomenta el hecho de que se produzca en el cliente un proceso de cambio que se basa precisamente en este tipo de relación terapéutica. De forma que, en la medida que el cliente percibe la aceptación, valoración y estima del terapeuta, es capaz de abrirse a su experiencia interna plenamente y con una actitud idéntica a la del terapeuta. Esto aumenta la consciencia del cliente sobre sí mismo, fomenta su auto-aceptación e incrementa la capacidad de control sobre su propia vida (reduciendo el poder que puedan ejercer otros sobre él); lo que le permite ser más libre para desarrollarse tal cual es, con menos barreras defensivas y más abierto a su experiencia. En definitiva, recupera el poder sobre sí mismo y su capacidad para desarrollarse en libertad.

Copyright © 2018 Esteban Andrés Galliera Elizalde.

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