El imperativo de ser feliz

El imperativo de ser feliz.

Parece que hoy en día se nos impone la necesidad de ser felices, estar contentos y alegres, a pesar de que íntimamente nos podamos sentir de otro modo. Se está aceptando como verdadera una corriente de opinión que enuncia la posibilidad de poder “estar bien” todo el tiempo, más allá de nuestra real conexión con lo que verdaderamente sentimos. En contraposición a lo que se promulga, en la mayoría de ocasiones estos posicionamientos acaban no sólo no estimulando la pretendida felicidad que promueven, sino provocando una insatisfacción aún mayor. Muchas veces estos planteamientos nos llevan a sentir: “algo falla en mí…., además de no estar bien, por mucho que lo intente, no puedo llegar a sentirme bien.” La presión externa es tan fuerte que acabamos invalidando nuestra experiencia y terminamos concluyendo que hay algo que no funciona en nosotros. En lugar de acogernos, acabamos negándonos e impidiéndonos abrazar con ternura esa parte de nosotros que nos duele tanto y que pide a gritos ser escuchada.

El tema es: “¿Cómo podemos salir de allí?” Quizás comenzando por escucharnos, por tratarnos como nos gustaría que nos trataran e intentar contactar, acoger, penetrar y escuchar que nos dice ese dolor, esa imposibilidad de “ser felices”. Pero podemos ir un poco más allá, y además de cultivar esta actitud no evitativa y esta intención de aproximación a esto que nos resulta tan desagradable, también es posible apoyarnos en nuestra capacidad analítica e intentar ahondar en estos nuevos convencionalismos que proponen un estado de hedonismo perpetuo.

Aquí, para sumergirnos un poco en el tema y dilucidar si estamos considerando algo realmente verdadero y coherente, habría que, como mínimo, preguntarse dos cosas: primero, ¿qué interpretamos por ser felices?; y segundo, ¿tiene sentido pretender estar en un estado agradable todo el tiempo?

Respecto a lo primero, a simple vista parece que cuando hablamos de ser felices nos referimos a que todas las cosas salgan del modo en que deseamos, en que aquello que esperamos, que anhelamos, finalmente se cumpla, se materialice. Lo primero que nos viene a la mente sería quizás un “Ojalá!”… y, seguidamente, percibimos que eso, por mucha ilusión que nos haga, “va a ser que no”. Es duro reconocer esto, pero ya sabemos que no es posible. Esto nos puede hacer reflexionar: “Quizás hacer recaer nuestra felicidad en el cumplimiento de nuestras expectativas no sea algo muy inteligente.”

Hacer depender nuestra felicidad de que las cosas sean tal cual las deseamos, es algo que seguramente no le desearíamos a aquellas personas a las que realmente amamos. Apelando a nuestro sentido común y a la sabiduría que emana de la vida humana, quizás acompañaríamos a nuestros seres queridos a que procurasen ser felices con la vida que tienen,  apreciando quienes son y lo que la vida les proporciona; con la mira puesta en poder disfrutar de lo que hay y no obsesionarnos en lo que “no hay”. Sabemos, por propia experiencia, que  vivir en la queja y en la insatisfacción no nos hará más feliz.  Sin embargo, parece que a nosotros mismos no nos aplicamos estas premisas y vivimos corriendo y luchando contra la vida. Más que disfrutar del camino, de ser unos visionarios, de tener verdadera ilusión y entusiasmo  por vivir, lo que hacemos es darnos de bruces con aquello que nos falta, con aquello que no cuadra con lo que nos ocurre aquí y ahora.

Quizás la reflexión es que no debería haber ningún imperativo, que lo mejor que podemos hacer es cuidarnos, comprendernos y estimularnos a sacar lo más profundo y auténtico que hay en nosotros. Allí quizás, allá algo de eso que llaman “felicidad”. Tal vez paz, tranquilidad, ternura, sabiduría…., comunión, contacto…, humanidad compartida; un sitio, un hogar donde verdaderamente poder descansar.

En relación con la segunda pregunta que me hago: ¿qué pasa si logro sentir algo de esa felicidad y se me escapa todo el rato?, también creo que estamos buscando donde no es. Es como cuando nos dejamos encandilar por quien vende elixires de eterna juventud desde su carromato multicolor. Antes atravesaban las áridas tierras del desierto con sus  brebajes, hoy nos llegan a través de la TV o de la pantalla del ordenador con promesas de un paraíso eterno. ¿Pero estamos entendiendo bien lo que dicen? O sencillamente queremos creer lo que nos dicen. Tal vez nos resulta más sencillo que nos resuelvan el dilema desde fuera, que nos den la fórmula de la felicidad, y no tener que preguntarnos si lo que nos cuentan es convincente o no. Compre un gran coche y será más feliz. Retóquese la cara y se volverá más joven… conquistará hombres y mujeres por doquier. Todo el mundo lo admirará y se sentirá amado y respetado como nunca. ¿Alguien podría creer realmente que esto puede ser posible?

Pero, aunque todos tengamos la tentación de creer esto y de intentar colocar toda nuestra energía para lograrlo; profundamente sabemos que no es verdad. Ni nos sentiremos más amados y respetados por nuestras posesiones, ni tampoco podremos huir del sufrimiento y del final de la vida, que son ciertamente inevitables. Sin embargo, queremos garantías, garantías de que en algún momento, en algún lugar, lograremos un bienestar que no acabará nunca. Y esto no es así.

Cuando algo comienza ya sabemos que, tarde o temprano, acabará. Recuerdo una reflexión de un amigo que me conmovió. Cuando fue padre y vio por primera vez a su hijo; contaba la inmensa felicidad que le produjo ver esa nueva vida, contemplar que ese bebé que acababa de nacer era fruto del amor y se había convertido en su “gran amor”. El corazón lleno de amor, de entrega por este ser que irrumpía lleno de vida en su mundo. Daba la bienvenida a su hijo. Sin embargo, y esto fue lo que me conmocionó, sintió que esta dulzura que impregnaba su corazón no estaba exenta de cierta tristeza. La tristeza de saber que inevitablemente le tocaría sufrir. Él haría todo lo posible por protegerlo del dolor, pero en ese momento pudo constatar en su propia piel de padre, la paradoja de estar vivo.

Le otorgaba la posibilidad de ser feliz  y también sabía que sufriría también por estar vivo. La profundidad y paradoja de la vida. El corazón abierto de par en par. El contacto con una felicidad profunda y esa pizca de tristeza que aún le confiere más valor.

Parece ser entonces que la salida no pasa por querer ausentarnos de la vida, por querer retenerla y congelarla para evitar aquello que nos es desagradable. Quizás la idea es aceptar que todo cambia, que todo es impermanente. Y, según explican los grandes sabios (y que uno mismo, en contadas ocasiones, puede intuir y tocar), parece ser que tener un profundo sentimiento de que todo está sujeto al cambio es lo que, contrariamente a lo que se pensamos, nos aproxima a lo más sagrado de la vida. Más allá de una vida gris y desmotivada  que pensamos que puede traer esta percepción de la impermanencia, lo que nos aporta es la vitalidad de que cada momento es único, que no se volverá a repetir, que quizás sea una buena idea abrirse a ella y vivirla plenamente, con el respeto que merece esta frágil y luminosa existencia.

Parece que este contacto nos aproxima a la gran paradoja de la vida, a ese punto donde no hay explicaciones racionales, donde la pregunta queda abierta a una no respuesta. Nuestra tendencia será quizás intentar agarrarnos a una explicación, buscar salir del vértigo de no saber. Ese espacio donde la paradoja desarma nuestros conceptos y defensas, donde el infinito, la eternidad se concentran en un instante donde no hay tiempo, donde el espacio lo alberga todo. Un espacio que habita en la calidez innata de nuestro corazón. Vértigo, tal vez, ante esa soledad inherente ante lo que se presenta como inefable e inasible.

Pero quizás, y sólo quizás…. podemos arriesgarnos a contactar con esa soledad, atrevernos a dejarnos acunar por ella. Y descansar. Contemplando, enraizándonos en la profundidad de saber que todo lo que empieza termina. Tal vez esta inmersión sincera en el lago de nuestra eternidad nos dé la valentía para abrirnos. Abrirnos a nosotros mismos y permanecer allí donde resuena el silencio. Tal vez, y repito, sólo tal vez, sin pretender nada y de un modo inesperado, podamos darnos cuenta de que no estamos solos. Que ese sentimiento es compartido, que allí, en ese espacio, puede haber un punto de encuentro, un encuentro verdadero entre tú y yo. Allí, en ese punto,  donde la impermanencia y la soledad se convierten en la puerta de acceso a la calidez, el amor y la humanidad compartida.

Os adjunto una interesante entrevista con el filósofo francés Roger-Pol Droit  que fue la me inspiró esta reflexión.

Roger-Pol Droit

Un abrazo a tod@s

Esteban Galliera

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Una respuesta a El imperativo de ser feliz

  1. norma lafuente dijo:

    Emotiva reflexión, un testimonio muy personal

    Me gusta

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