Identidad – A la búsqueda de nuestra esencia

El yo. Un punto de encuentro: Rogers, Winnicott, Epstein y Nagarjuna.

watermoon

Es interesante observar como la cuestión de poder desplegar todo nuestro potencial parece ser una de las piedras angulares de la salud y la felicidad. Aquí juega un papel fundamental la identidad. Parece que resulta ser intrínsecamente inherente a la expresión el hecho de quién es el que se expresa. Y allí surge la gran pregunta: ¿Quién soy? ¿Qué voy a desplegar si no sé quién soy?

Este es un tema central en terapia.

Rogers diría, desde el humanismo, que la falta de aceptación incondicional de nuestros cuidadores combinada con nuestra necesidad de supervivencia basada en el cuidado y el afecto es aquello que impide que la tendencia natural a crecer de acuerdo a quienes somos se vea obstaculizada. Como si de niños estuviéramos en un callejón sin salida, tenemos que elegir entre ser nosotros o sobrevivir. Como las condiciones nunca son perfectas, de un modo u otro, siempre dejamos, en el mejor de los casos, una parte nuestra enterrada en las profundidades (no vaya a ser que no sea digna de ser amada y cuidada).

Winnicott, desde el psicoanálisis, lo estructura de otro modo pero con las mismas consecuencias: nos cerramos cediendo a exigencias paternas surgidas de la ansiedad de los padres. El niño posterga sus necesidades y se impone una coherencia que es ficticia. Lo que en realidad necesita es que su ego se descargue y, desde allí, aprender a regularse. Pero el retorno parental no es lo suficientemente fuerte para tolerar su derrumbamiento, no puede sostenerlo. Es así que esta “coherencia impuesta” genera lo que llamó un “falso yo”. Que es forma de autosuficiencia ante la falta de cuidados.

Epstein dice: “De niños, a todos se nos obligó a obedecer las exigencias egoístas de nuestros padres, que necesitaban que actuáramos de cierta manera para satisfacer sus necesidades. En esos momentos a todos se nos hizo sentir que no estaba bien ser quienes éramos y que más nos valía que compensáramos de otra manera. Nos esforzamos al máximo para dar a nuestros padres lo que necesitaban y nos adaptamos de una o ambas maneras: autoinflación o autonegación compensatorias. En ambos casos, evitamos sentir la falta de atención de nuestros seres queridos y en el proceso de satisfacerlos nos alejamos de nosotros mismos.”

Parece ser que el narcisismo tiene su origen aquí, en esta identificación con una imagen que no somos nosotros y que bascula entre la omnipotencia (anhelo de que nuestros deseos puedan ser cumplidos sin pedirlo – transición del principio del placer al de realidad) y fragilidad (el no valer nada). Sería terrible descubrir que hemos sido queridos como siendo alguien que en realidad no éramos nosotros.

Pues sí, el yo parece ser una gran fuente de sufrimiento y dificultad.

Basculamos entre eso que parece ser que “sentimos que no somos” y eso que “intuimos que somos” pero que permanece escondido. Una lucha sin cuartel dentro de nosotros mismos.

Quizás lo importante aquí sería poder  permanecer en ese estado en el que “somos” pero no nos identificamos con ninguno de los dos extremos. Sería como poder permanecer en el punto medio sin dejarnos llevar por la necesidad de aprehendernos a algo, ni a lo que parece que no somos ni a lo que parece que somos.

Nuestra percepción  de la realidad está condicionada por toda una serie de huellas que operan de un modo consciente e inconsciente. Entramos al mundo estructurando la realidad y explicándonosla de un modo que nos resulte soportable, abordable. Necesitamos de una cierta estructura que nos organice en medio de un mundo que, de otro modo, nos resultaría caótico. De hecho, nuestro proceso de conformación nos debería ayudar a construir una capacidad de agente que nos permitiera desenvolvernos en la vida de un modo sano y abierto, lo que llamamos un yo funcional. Sin embargo, como hemos visto, ese yo funcional, auténtico, congruente, no es tal. Es simplemente versión falsificada de lo que podríamos realmente ser. El problema radica en que nos basamos en una confusión fundamental, convertimos esa versión falsa en nuestra identidad, en nuestra verdadera esencia, la solidificamos y nos quedamos atrapados en ella. Una estructura que nos secuestra tanto consciente como inconscientemente.

Hasta aquí llegaríamos con la psicología actual. Creeríamos que una vez desvelada esa construcción ficticia podríamos llegar a otra construcción que, ésta sí, fuera realmente verdadera. Sin embargo, esto tampoco es así, cualquier construcción a la que queramos aferrarnos nos es más que una versión descafeinada de aquello que puede emerger de nosotros.  Sin darnos cuenta, se nos pasa por alto, dejamos atrás, el hecho de que nuestra verdadera esencia no es más que el momento presente. Se encuentra en ese hilo electrificado del que nos habla Trungpa Rinpoché.

Y decimos se encuentra porque la podemos ver, sentir, percibir. Vibra en nuestro interior y resuena con los demás. Pero no es “algo”, no hay una esencia concreta, simplemente “es”. Corremos y vemos la estela que dejamos detrás nuestro, sentimos el viento de cara que llega de más delante; esto nos da una cierta sensación de continuidad, de identidad: “soy el corre en esa dirección”. Pero esa sensación de solidez es simplemente una ilusión. Si nos paramos y observamos lo que ocurre, nos daremos cuenta de que la continuidad se basa fundamentalmente en el movimiento y que es la inercia de este movimiento lo que nos da la percepción de trayectoria. Una trayectoria que, a la vez, nos coarta la libertad de cambiar ese rumbo que, aún ilusorio, vamos recorriendo en nuestra vida. Nuestros hábitos, nuestra vida, nuestras creencias; en definitiva, nuestra idea del yo funciona así también. De modo que intentar aprehender algo que es escurridizo porque es netamente ilusorio no nos sirve, no tiene sentido.

Miramos atrás y luego adelante, y desde allí en el medio, objetivamos: este soy yo. Qué alivio! Al fin sé quién soy, sé a dónde voy, he descubierto mi destino y el sentido de mi vida. Pero un instante más delante esto ha cambiado, y me lo tengo que volver a preguntar. Y así podemos estar toda la vida. Y una vez que lo hemos probado unas cuantas veces y hemos descubierto que no funciona, esto ya nos resulta semi-ridículo. Pero seguimos adelante, no vaya a ser que no encontremos nada y que nuestra “trayectoria” sea un verdadero fiasco. Y…. si, por mucho que nos duela realmente lo es. Una suerte de carrera hacia ninguna parte. Una suerte de huida.

¿Huida de qué?  Seguramente de ese alambre electrificado que es vivir. Un intensidad que nos produce, como diría Rank, un intenso “miedo a la vida”. Por eso, en lugar de pararnos sobre ese hilo conductor de la vida e intentar vivirla desde el frescor del presente, conservamos los pies en donde nos sentimos seguros y al tocar el hilo del presente: nos electrocutamos. Pareciera fácil, las golondrinas se posan en ellos a cada momento, y no les pasa nada. Pero no es así. Estamos habituados a bascular entre dos polos: atropellar o retraernos. Epstein diría entre la autosuficiencia y el autodesprecio.

Afortunadamente hay otra manera. Una manera de poder parar y observar nuestra verdadera naturaleza, de reposar en ese espacio inaprehensible que nos señala Nagarjuna con la Vía del Medio. Y en esto la práctica de la meditación nos puede ayudar a aproximarnos a este espacio de incertidumbre, a ese momento en el que nos animamos a salir de la madriguera de nuestros hábitos, y respirar. Respirar el aire de la libertad que implica soltar el miedo y los aferramientos al pasado y al futuro.

Y por poco que nos animemos, descubriremos que esto de estar al aire libre es intenso, que, a veces llueve y truena, pero también brilla el sol y nos calienta. Pero, por encima de todo, no miramos la vida desde la cueva, escondiéndonos del mundo, contándonos historias sobre lo que pasa allí fuera.  Nunca es tarde para salir de ella.

Como ha expresado el maravilloso Dechen Rangdrol: The time has come!

 

Copyright © 2015 Esteban Andrés Galliera Elizalde

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